1 de diciembre de 2007

Fetichismo democrático

Nota de MIS XXI

En este nuevo análisis, Atilio Borón nos ilustra sobre la democracia real que viven los pueblos latinoamericanos, y basado en la última encuesta de Latinobarómetro, sostiene que en nuestros países, más que democracia, lo que se vive es una especie de plutocracias que gobiernan con, por y para las clases más pudientes.

MIS XXI ha tratado este tema en repetidas oportunidades porque considera que la mal llamada democracia de que alardean los gobiernos latinoamericanos, es lo que impide la “Integración Social”, principal postulado de esta página con, por y para el cual trabaja.

En su introito, Borón se representa un delicioso diálogo en el Aristóteles de hace 2.500 años y el mundo de hoy que también resulta muy interesante.

El texto original de este análisis lo pueden encontrar con sus respectivas notas y bibliografía en http://www.rebelion.org/docs/59795.pdf

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Atilio A. Boron*

Aristóteles en Macondo: notas

sobre el fetichismo democrático

en América Latina

* Investigador Principal del CONICET. Profesor Titular de Teoría Política, Facultad de

Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Director del Programa Latinoamericano

de Formación en Ciencias Sociales del Centro Cultural de la Cooperación, Buenos

Aires, Argentina. El autor agradece los comentarios de Alejandra Ciriza, Fernando Lizárraga,

Miguel Rossi y Tomás Varnagy a una primera versión de este trabajo.

EN UN TRABAJO ANTERIOR, proponía realizar un breve ejercicio ficcional con el objeto de clarificar la situación actual de la democracia en América Latina (Boron, 2006). Dicha propuesta tenía como supuesto la insatisfacción predominante por el decepcionante desempeño de los (mal) llamados gobiernos “democráticos” de la región, que no sólo estaban deteriorando seriamente la legitimidad de esos regímenes políticos sino, más grave aún, minando la valoración popular de la propia idea democrática como un modelo ideal de organización de la vida política y social.

EL RETORNO DE ARISTÓTELES

El ejercicio, que no pude sino esbozar en el artículo de la Socialist Register 2006 y que deseo exponer ahora en todos sus detalles, consistía en lo siguiente: imaginemos que los grandes avances en la biología y la bioingeniería nos permitieran regresar a Aristóteles al mundo de los vivos y, más concretamente, a esta gigantesca Macondo en que se ha convertido América Latina. Admiradores de su talento y sus extraordinarios logros en los más diversos campos del saber –recordemos que Marx lo describió como “la cabeza más luminosa del mundo antiguo”–, los integrantes del Grupo de Trabajo de CLACSO sobre Filosofía Política lo recibiríamos con gran entusiasmo y, preocupados por descifrar la situación política imperante en América Latina, le pediríamos que nos ayudara a examinar la naturaleza de las así llamadas “democracias latinoamericanas”.

Uno de los nuestros le formularía una petición, más o menos, en los siguientes términos: “Maestro, usted que elaboró la primera gran tipología de los regímenes políticos, perfeccionando la que había propuesto Platón en República, y teniendo en cuenta que la suya ha llegado hasta nuestros días como el paradigma insuperable de la taxonomía política, ¿cómo evalúa a las democracias de América Latina?”.

Fiel a sus cánones metodológicos, el Estagirita recopilaría prolijamente los datos fundamentales de nuestras sociedades, economías y estados, examinaría comparativamente las semejanzas y diferencias entre ellos y, seguramente, luego de manifestar su perplejidad ante nuestra pregunta –redundante según su parecer ante lo obvio de la situación diría que su conclusión irrefutable es que tales regímenes pueden ser cualquier cosa menos democracias. “No olviden que, tal como lo escribí en mi Política, la democracia –nos diría ya con un ligero tono de reproche– es el gobierno de los más, de las grandes mayorías, en beneficio de los pobres, que en todas las sociedades conocidas, no por casualidad sino por razones estructurales, siempre son mayoría. Así era en mi tiempo, y aunque abrigaba la esperanza de que tal cosa pudiera ser superada con el paso de los siglos, veo con mucha desilusión que lo que parecía ser una desgracia del mundo griego reaparece, con rasgos aún más acusados y escandalosos, en la sociedad actual, llegando a extremos jamás vistos en mi época”.

Un silencio sepulcral descendió sobre los politólogos y científicos sociales allí reunidos. Nada menos que él, el “padre fundador” de la ciencia política, inmortalizado por Rafael en aquel famoso cuadro en que se lo representa conversando animadamente con Platón saliendo de la Academia, con su mano señalando enfáticamente el suelo al paso que su maestro, fundador a su vez de la filosofía política, eleva un dedo hacia los cielos, lugar donde se encuentran las ideas eternas de lo justo, lo bello y lo bueno, entre tantas otras. Uno de los expectantes, con el rostro demudado ante el derrumbe de las arraigadas convicciones teóricas alimentadas en las agotadoras jornadas de su doctorado en ciencia política –con la interminable seguidilla de papers sobre temas que no le interesaban, el suplicio de los exámenes omnicomprensivos, la lucha para constituir el comité de tesis, las dificultades infinitas con su tutor y sus ideas, etc.– apenas alcanzó a balbucear, con un hilo de voz, lo que parecía ser una poco convincente protesta: “Pero, Maestro: las elecciones periódicas, el sufragio universal, ¿no son acaso signos inequívocos de que estamos en presencia de una democracia? No serán como las que usted conoció en la Atenas de Pericles, pero… ”. El Filósofo se volvió rápidamente hacia el escéptico, al que miró de arriba abajo con un gesto de indisimulada sorpresa, y le dijo: “Sí. Tienen elecciones y sufragio universal; veo que hacen costosas campañas políticas; pero hay que tener siempre presente una distinción, que por lo visto sus maestros en el doctorado dejaron de hacer, entre esencia y apariencia. La esencia de la democracia es la que expliqué antes: gobiernos de los más en provecho de los pobres. Las apariencias de la democracia, ‘elecciones libres’, ‘sufragio universal’, ‘imperio del derecho’, entre otras, pueden o no corresponder a la esencia, pero por lo general están muy mediatizadas y por eso resultan engañosas. No existe una correspondencia directa y unívoca entre esencia y apariencia, y mucho menos en esta sociedad que ustedes llaman ‘capitalista’, en donde la deshumanización ha llegado a un punto inimaginable –no sólo entre los griegos sino entre los bárbaros–, con el trabajo humano, la tierra y los bienes de la naturaleza convertidos en mercancía, algo que sólo cabe en la cabeza del más rapaz e insolente de nuestros mercaderes y usureros. Tal como lo hizo notar a mediados del siglo XIX un genial jovencito alemán, nacido en Tréveris, toda esta sociedad gira y funciona en torno al fetichismo de las mercancías. Una sociedad a la cual ustedes se han habituado a tal

punto que la consideran como un orden espontáneo y por eso mismo ‘natural’, algo que uno de mis oblicuos detractores, un tal Von Hayek (que muchos profesores de ciencia política desprecian o miran con condescendencia) llama kosmos y que hubiera horrorizado a los antiguos.

Ahora todo se convierte en mercancía: el trabajo, los recursos naturales pero también las ideas (para escándalo de mi gran maestro Platón), las religiones y, por supuesto, eso que ustedes muy a la ligera llaman democracia, también se ha convertido en una mercancía; y como tal, sometida a la lógica del fetichismo que impregna toda esta sociedad. Al transformar las más diversas manifestaciones de la vida social en mercancías que se compran y venden en el mercado, la sociedad pasa a vivir en una gran ficción, porque separa los objetos de sus creadores.

Claro que esto nada tiene que ver con la tesis de un pensador de lo que siglos después de mi partida de este mundo los romanos denominaran la Galia, un señor llamado Baudrillard, quien acaba de reunirse con nosotros, y que hace del simulacro el rasgo distintivo de la sociedad posmoderna. Precisamente, el simulacro no sólo no es lo mismo, sino que escamotea la fetichización universal de la sociedad capitalista”.

Aquí el Filósofo hizo un alto con la intención de apreciar el efecto de su argumentación. Por supuesto, la cabeza nos bullía con muchísimas preguntas, y no salíamos de nuestra sorpresa al comprobar cómo Aristóteles había seguido el desarrollo del pensamiento político hasta llegar a nuestros días.

“El hombre no crea la naturaleza pero su praxis la transforma, y en una sociedad como esta no sólo la transforma sino que la destruye, tal vez irreparablemente –continuó diciendo Aristóteles, pero al producirse la separación entre el productor y lo producido, las mercancías aparecen como los verdaderos agentes de la vida social cuando no son sino expresión de las relaciones sociales subyacentes. Y lo que me sorprende es que la mercantilización en este tipo de sociedad ha llegado tan lejos, que el sombrío cuadro pintado por un nativo de lo que los romanos llamaron Britannia –un tal Tomás cuyo apellido ahora no recuerdo, en un maravilloso librito en el que inspirado en las enseñanzas de mi maestro en la Academia se dio a imaginar sociedades perfectas, parece hoy el retrato de una fiesta en comparación a lo que he visto en mi temporario regreso al mundo de los vivos1. Y he visto con sorpresa que, ante este bochornoso espectáculo que ofrecen las sociedades latinoamericanas, algunos de sus colegas han tenido la osadía de pretender interpretar sus movimientos y conflictos como propios de la ‘posmodernidad’.

No entiendo cómo sería posible utilizar una categoría de análisis como esa para entender a sociedades en las que más de la mitad de la población se halla hundida en la miseria, la indigencia y la ignorancia, privada para siempre, por eso mismo y sus secuelas, de un futuro digno de la condición humana. Para mí todo eso carece por completo de sentido. Si Habermas, un nativo de la bárbara Germania –una tierra que entre nosotros era considerada constitutivamente inepta para la reflexión filosófica, aunque en los últimos siglos ese diagnóstico fue desmentido– habló de la ‘modernidad como un proyecto inconcluso’, ¿tiene algún sentido pensar que entre ustedes la modernidad se haya realizado y ya estén navegando por las tranquilas y aburridas aguas de la posmodernidad o, como declara Lipovetsky en su último libro, la ‘hipermodernidad’ (?).

A estas alturas, el regreso de Aristóteles se había transformado en una incómoda visita para más de uno. Por eso, no sorprendió a nadie que un joven académico, formado en la más rígida tradición del positivismo en una universidad de la Ivy League norteamericana, infestada de adictos a la “numerología” y la rational choice, interrumpiera abruptamente el monólogo del Filósofo haciéndole notar, con un dejo 1 Aquí Aristóteles se refiere, naturalmente, a la obra de Tomás Moro, Utopía.

En cuanto a Gilles Lipovetsky, es de destacar que en este libro el autor de El imperio de lo efímero y La era del vacío afirma muy orondo que “lo posmoderno” ha llegado a su fin y que hemos ingresado en la era “hipermoderna” (Lipovetsky, 2006).

¿Qué tipo de cambio estructural se habrá producido para sancionar el fin de una era y el comienzo de otra de picardía, que en su argumentación dejaba entrever un discurso que no era suyo sino de un autor muy posterior: Karl Marx.

“Puede ser –dijo Aristóteles– a él me refería cuando hablaba del jovencito nacido en Tréveris. Fue una de las personas que con mayor seriedad y rigurosidad leyó toda mi obra –pese a que quienes hoy gustan autodenominarse ‘filósofos’ rehuyen de estudiarlo, demostrando así que son indignos de merecer ese nombre y que, como máximo, podría considerarse a algunos de ellos como versiones modernas de los sofistas: amantes del brillo retórico y el juego de palabras pero despreocupados por completo de la búsqueda de la verdad y aún menos útiles a la sociedad que mis adversarios intelectuales y políticos de la Atenas Clásica.

Me complace ver aquí y allá en sus numerosos escritos –muchos de ellos producidos en el estilo frontal y pendenciero del pueblo bárbaro al que pertenecía– referencias permanentes a mis pensamientos. Marx, al igual que yo, escribía sobre filosofía, sobre política, sobre economía y sobre historia. Sólo espíritus increíblemente limitados y pequeños pueden abstenerse de leer su obra por no ser la de un ‘filósofo’ de profesión.

Fue precisamente porque Marx me leyó con mucha atención –y entendió lo que quería decir, no como tantos otros que nunca me entendieron– que nada menos que en el primer capítulo de su obra magna comienza con la distinción que yo estableciera entre ‘valor de uso’ y ‘valor de cambio’. Además, la diferenciación que yo trazara entre ‘economía’ y ‘crematística’ fue adecuadamente re-elaborada por él en su análisis de la sociedad burguesa. La primera tiene por fin la producción de los bienes materiales requeridos para la vida buena; la segunda promueve la adquisición ilimitada de la riqueza y su causa final es la obtención del máximo lucro posible. Si en mi Ética a Nicómaco y en Política digo que la crematística parece tener por objeto la inagotable acumulación de dinero, Marx diría, un par de milenios más tarde, que la ley absoluta del modo de producción capitalista es la ilimitada producción de plusvalía.

Por eso condené con energía a la crematística como ‘antinatural’, y muy especialmente a la usura, su forma prototípica de creación de riqueza mediante el dinero que genera un interés y no mediante la producción.

Y también señalé los efectos altamente perniciosos que la crematística tiene sobre la naturaleza de los regímenes políticos”.

“Marx también tomó nota de mi distinción entre esencia y apariencia, y escribió que si la segunda reflejara exacta y fielmente la primera, no serían necesarias ni las ciencias ni la filosofía, porque la verdad de las cosas se haría evidente aun para los espíritus más toscos y obtusos. El mundo perdería la opacidad que lo caracteriza y cualquiera podría captar la esencia de las cosas. Al plantear así el asunto, dijo algo que es absolutamente cierto, comprendiendo con precisión un mensaje que yo había procurado transmitir hace hoy dos mil quinientos años y que, gracias a su labor, veo que tiene utilidad para describir no sólo la sociedad actual y el sistema económico imperante sino, asimismo, eso que ustedes en un alarde de imprudencia denominan ‘regímenes democráticos’ en América Latina, regímenes que no escapan a la fetichización que caracteriza a la sociedad capitalista y que se propaga por todos sus intersticios, sin que la vida política presente una barrera ante tan peligrosa dolencia”.

El joven doctor de la Ivy League no se daba por vencido e insistió en que aún no entendía del todo el razonamiento del Filósofo. Este lo miró, ya con un cierto fastidio, y dijo: “debo confesar que estos regímenes que ustedes con mucha ligereza denominan ‘democracias latinoamericanas’, en rigor de verdad, son oligarquías o plutocracias, es decir, gobiernos de minorías en provecho de ellas mismas. En realidad, el componente ‘democrático’ de esas formaciones deriva mucho menos de lo que son que del simple hecho de que surgieron con la caída de las dictaduras de seguridad nacional y recuperaron algunas de las libertades conculcadas en los años setentas, pero de ninguna manera llegaron a instituir, más allá de sus apariencias y rasgos más formales, un régimen genuinamente democrático. Por lo tanto, si su caracterización como ‘plutocracias’ u ‘oligarquías’ les parece demasiado radical o les resulta indigesta –lo dijo mirando fijamente al joven doctor– sugiero entonces otro nombre: ‘regímenes post-dictatoriales’. Pero ‘democracias’, jamás”.

Ya el Estagirita hablaba con un tono desafiante. Diríase que se estaba divirtiendo ante la desesperada batalla que, infructuosamente, libraba el graduado de Chicago. Implacable, prosiguió con su argumentación, que a estas alturas parecía ya más una filípica que un amable intercambio de puntos de vista académicos. “¡No alcanzo a comprender cómo es posible que ustedes sigan hablando de democracia, ‘gobernanza’, competencia partidaria, etc., como si todo ello no estuviera referido a un determinado ordenamiento económico y social que le sirve de sustento!”, dijo en medio de un murmullo difuso y las protestas de unos pocos que, fieles a la tradición marxista, le pedían al Filósofo que no generalizara y le explicaban que no compartían lo que estaba planteando su interlocutor, que ellos nunca aceptaron la barbarie positivista de seccionar a la sociedad en partes distintas, separadas y autónomas, comprensibles cada una de ellas por sí mismas. Tampoco eran muchos los que, entre nosotros, adherían a pie juntillas a la reconstrucción contemporánea de la tradición republicana, que juzga a los regímenes políticos según una lógica interna y completamente aislada de los determinantes que se desprenden de la estructura social, las clases sociales y la vida económica. Aristóteles asintió con satisfacción y prosiguió diciendo: “Tampoco entiendo cómo es posible que quienes sucedieron a los tiranos de uniforme no hayan hecho otra cosa que acrecentar las desigualdades y ahondar hasta grados extremos el pozo que divide ricos de pobres. ¡Eso no lo hace ninguna democracia!”.

En su voz se notaba la molestia que sentía al tener que repetir asuntos que, se suponía, debían ser ya conocidos por todos. Recorrió con la vista a su estupefacta audiencia y prosiguió: “Estos son regímenes oligárquicos, y en honor a mi gran maestro, Platón, diría que son regímenes tan poco promisorios y propensos a la virtud como respetado era Pluto en el Olimpo de los griegos. Pluto era a veces representado como un viejo, encorvado, cojo y ciego, ¿cómo podía conducir a los suyos por el camino que llevaba a la buena sociedad? Pluto era riquísimo, pero infeliz. Y lo que ustedes llaman ‘democracias latinoamericanas’ son plutocracias de una perversidad sólo comparable a las peores tiranías del Peloponeso o los gobiernos que medraban entre los pueblos más bárbaros del norte de Europa, como los suizos, los germanos o los escandinavos, sus cerebros contraídos y agarrotados por los fríos glaciales.

Plutocracias perversas porque exhiben una anomalía que puede confundir a los espíritus más crédulos, de esos que tanto abundan en los programas doctorales de ciencia política: los oligarcas latinoamericanos se adornan con los vistosos ropajes de las democracias (¿recuerdan lo que decía Platón acerca de este régimen, el más bello y vistoso de todos los conocidos?) hacen extensas campañas electorales en las cuales sus líderes pronuncian vibrantes discursos y efectúan todo tipo de promesas, entablan pseudo-polémicas que como tal sólo remiten a los aspectos más superficiales de la vida social pero, una vez en el gobierno, lo que hacen es asegurarse de que los ricos se enriquezcan más, y ello sólo es posible sumiendo a los pobres en la indigencia más absoluta, al paso que pregonan a los cuatro vientos la vigencia de ejemplares constituciones cuyas previsiones son violadas a diario impunemente (¿no incluyen acaso la mayorías de las constituciones latinoamericanas cláusulas relativas al ‘derecho al trabajo’, mientras en la vida social campea el desempleo?) o de leyes que garantizan el más irrestricto disfrute de todas las libertades, algo que sólo pueden hacer quienes cuenten con el dinero necesario para disfrutar efectivamente de dichas libertades.

¿Qué tiene que ver todo esto con la esencia de la democracia? Poco o nada. Demuestra, eso sí, los alcances del fetichismo democrático o, mejor, ‘pseudo-democrático’: al igual que las mercancías, que se supone concurren por sí mismas al mercado, las formalidades aparentes de la democracia se independizan de los contenidos concretos sobre los cuales se erigen y aparecen como si por sí solas fuesen suficientes para convertir en democrático un régimen que no lo es”.

“Por supuesto, esto no significa que todas esas formalidades sean irrelevantes, dado que algunas de ellas hacen a la esencia de la vida democrática. Pero en su caso, por ejemplo, la libertad de prensa sancionada en las leyes es cancelada por la complicidad de sus gobiernos con la concentración monopólica de los medios; y las elecciones en realidad no permiten elegir sino muy poca cosa, porque sólo quienes disponen de mucho dinero pueden presentar candidaturas con alguna posibilidad de éxito y financiar costosas campañas de propaganda política, por lo que los márgenes de elección popular se limitan a decidir cuál será el equipo

encargado de aplicar la política que beneficia a los ricos. Y si bien en materia de derechos humanos han casi desaparecido los horrores del pasado (aunque no en todos los países), la situación dista mucho de ser satisfactoria, porque la indefensión de los sectores populares más postergados (sobre todo campesinos e indígenas) ante los atropellos y crímenes de la policía, guardias privados y paramilitares sigue siendo escandalosa”.

Y continuó: “Ustedes deberían recordar que para mí la democracia no es el mejor régimen político. Pero no por su componente popular, por cierto que muy importante y valioso, digno de todo mérito, sino porque al preocuparse exclusivamente por el bienestar de los pobres, que siempre son la mayoría, la democracia se convierte en un régimen ilegítimo que descuida el interés de quienes no forman parte de la mayoría.

Mi polis ideal es la politeia, que es el gobierno de las mayorías, como en la democracia, pero en beneficio de toda la sociedad. Sé que es muy difícil de concretar. Por eso en mi tipología, si bien le asigno el lugar de privilegio, también observo que en el mundo real la democracia es la mejor aproximación posible a aquel régimen ideal. No obstante, para que esa aproximación sea verdadera y no una mera manipulación, es preciso contar al menos con los requisitos propios de una democracia, cosa que, por lo general, no es dable encontrar en América Latina”.

“De este modo, tienen razón quienes entre ustedes, sobrevolando este deprimente paisaje económico y social incompatible con una genuina democracia, concluyen que sus fallidas democracias son gobiernos de los mercados, por los mercados y para los mercados, algo completamente inimaginable en mi tiempo, dada la debilidad estructural de los mercados, y reconocen que carecen por completo de las condiciones requeridas para poder hablar, en un sentido estricto, de democracia”. Y sin decir una palabra más, se marchó.

HECHOS

Este diálogo imaginario con Aristóteles y su crítica demoledora a las apariencias democráticas que encubren la naturaleza de regímenes profundamente antidemocráticos exige replantear la cuestión de la democracia en otros términos. Una breve ojeada a algunos datos muy elementales, pero pese a ello suficientemente contundentes, que surgen de la encuesta anual que realiza la Corporación Latinobarómetro en dieciocho países de América Latina ratifica plenamente la negativa de Aristóteles a considerar como democráticas formas estatales que no lo son.

Antes de analizar los datos, conviene introducir una pequeña digresión: esta encuesta se llevó a cabo en la casi totalidad de los países considerados como “democráticos” de la región. El sesgo ideológico del estudio se pone en evidencia cuando, sin mediar ninguna explicación, se anuncia que con la inclusión de República Dominicana en los relevamientos

se completan “todos los países del mundo latinoamericano, con la excepción de Cuba” (Corporación Latinobarómetro, 2006: ¿Significa esto entonces que Cuba no es una democracia? La parquedad del Informe parece sugerir esa interpretación, lo que no sorprende dado que este prejuicio forma parte de las premisas implícitas del saber convencional de las ciencias sociales que, de ese modo, obvian una discusión que debiera darse sobre el tema6. En consecuencia, la “apariencia” de la competencia electoral multipartidaria en las llamadas democracias latinoamericanas parece ser el rasgo decisivo que trazaría la línea de diferenciación entre democracias y no-democracias. En el caso de Cuba, tal decisión, arbitraria e insostenible a la luz de las ciencias sociales, eclipsa por completo la “esencia” de la organización política cubana y su democracia radical de base. John Stuart Mill, no precisamente un autor marxista, decía que uno de los rasgos de la democracia era la similitud entre las condiciones de vida de gobernantes y gobernados.

Si aplicáramos ese criterio a los sistemas políticos de la región, el único país democrático de América Latina sería Cuba, porque allí los gobernantes y más altos funcionarios del estado viven en idénticas condiciones, y soportando las mismas restricciones económicas, que todos los ciudadanos. En las “democracias” latinoamericanas, el espectáculo habitual muestra, por el contrario, a una clase política opulenta –en muchos casos haciendo ostentación de su riqueza; en otros, de manera más recatada, pero conviviendo dificultosamente con una retórica “progresista”– en medio de poblaciones empobrecidas, humilladas y oprimidas como nunca. Será tal vez por eso que las ciudadanas y ciudadanos de estas sedicentes democracias reconocen, en la abrumadora mayoría de los casos, tal como lo demuestra la encuesta de Latinobarómetro, que sus gobernantes gobiernan en favor de las clases dominantes, aunque para expresarlo no utilicen exactamente estas palabras.

Dejando de lado la digresión anterior, una de las preguntas de dicha encuesta se inspiraba claramente en las enseñanzas de Aristóteles: ¿para quién se gobierna en América Latina? Ante esta pregunta, apenas el 26% de los entrevistados sostuvo que se gobierna para el bien de todo el pueblo, mientras que el 69% declaró que los gobiernos lo hacen en beneficio de un puñado de grupos muy poderosos. Estas cifras, señalan los redactores del Informe, con todo lo deprimentes que son, representan una leve mejoría en relación a las registradas el año anterior, en el que los porcentajes fueron, respectivamente, 24 y 72%. Aristóteles sin dudas habría hecho hincapié en este hallazgo y señalado que tal rasgo –una minoría que gobierna en provecho propio–, al margen de las “apariencias” que se derivan del sufragio universal y el régimen electoral, es precisamente lo que caracteriza a las oligarquías o plutocracias. Téngase presente, además, que las cifras arriba mencionadas son promedios para toda la región latinoamericana. Desagregando esas cifras por países, tal como aquel lo hiciera al examinar las constituciones de las polis griegas, veremos cómo en varios casos la percepción popular de que los gobiernos convencionalmente caracterizados como “democráticos” gobiernan exclusivamente para los ricos se acentúa notablemente.

En Ecuador, sólo el 11% de los entrevistados creían, antes del triunfo de Rafael Correa, que el gobierno ejercía sus funciones con vistas a satisfacer el interés general de la población. En El Salvador, Nicaragua, Paraguay, Perú, Guatemala y Honduras, esa cifra oscilaba entre el 14 y el 20%. En Costa Rica y Argentina, países que, según el saber convencional, son poseedores de una larga tradición democrática, el número apenas ascendía al 22%; y en Chile, considerado por los científicos políticos made in America (aunque hablen español o portugués y hayan hecho sus doctorados en América Latina) como la transición más exitosa

de la región, la mejor copia de la tan elogiada transición española (cuyos claroscuros han sido cuidadosamente ocultados ante la opinión pública nacional e internacional), sólo un 27% de los entrevistados consideraban que el gobierno privilegiaba el interés de la sociedad en su conjunto; en tanto, en la Colombia de Uribe, “niña mimada” de la Srta. Condoleezza Rice, apenas se llegó al 28%. El caso más edificante dentro de este ominoso panorama lo constituye Venezuela, paradójicamente, el país que ha sido objeto de los mayores ataques por parte de la Casa Blanca bajo la acusación de que el gobierno de Hugo Chávez debilitó gravemente la institucionalidad democrática (cuestión de la cual los venezolanos parecen no haberse percatado, puesto que el 50% de la población cree que sus mandatarios gobiernan a favor de todo el pueblo).

Para Aristóteles, la simple inspección de estas cifras demostraría la naturaleza profundamente oligárquica de la enorme mayoría de los mal llamados regímenes “democráticos” de la región. Evidentemente, el padre fundador habría estado en lo cierto. El análisis de las políticas públicas de estos regímenes “post-dictatoriales” demuestra inequívocamente su intención de favorecer a las clases dominantes, todo esto convenientemente justificado apelando a una serie de teorías como la “globalización”, que supuestamente no dejaría otra alternativa más allá del Consenso de Washington, y la “gobernanza democrática” (eufemismo para no confesar lo inconfensable: que se gobierna en función de las demandas y exigencias de los oligopolios que controlan los mercados), para citar apenas las más socorridas. Un elemento subjetivo: la percepción de la ciudadanía demostraba ser altamente consciente de esta realidad, con lo cual el análisis objetivo de las

pseudo-democracias y sus políticas concretas coincidía plenamente con la apreciación subjetiva del demos.

Otros datos que surgen de la misma encuesta reconfirman la conclusión anterior. En una de las preguntas se les pedía a los entrevistados que se manifestaran en relación al funcionamiento de la democracia en su propio país: apenas un 38% respondió estar “muy satisfecho” y “más bien satisfecho”. Es razonable pensar que si, por su vaguedad, la segunda categoría hubiera sido excluida de este agrupamiento de respuestas, la proporción de satisfechos con las democracias “realmente existentes” en Latinoamérica habría descendido a niveles escandalosos.

Pese a ello, existen sólo tres países en donde más de la mitad de la población se declara “satisfecha”: Uruguay, con el 66%; Venezuela, con el 57% y Argentina, con el 50%. En Chile sólo el 42% manifiesta estarlo, y en Brasil, tan elogiado por los grandes círculos financieros internacionales, esa proporción desciende aún más, al 36%, al paso que en la Colombia de Uribe, puntal de las democracias latinoamericanas según los altos funcionarios de Washington, baja al 33%.

Para ir cerrando: en la misma encuesta de opinión pública, se incluyó una sección donde se les preguntaba a 231 líderes de la región (varios ex presidentes, ministros, altos funcionarios del estado, presidentes de empresas, entre otros) quiénes eran los que realmente ejercían el poder en América Latina. El 80% de estos altamente calificados informantes respondió que, más allá de previsiones constitucionales, el poder real lo detentaban las grandes empresas y los sectores financieros; y el 65% (porque la pregunta era abierta y se podía nombrar más de un grupo o sector) dijo que estaba en manos de la prensa y los grandes medios que, como es archisabido, en nuestros países están férreamente controlados por los grandes conglomerados corporativos. En un acto de inusual sinceridad, sólo el 36% de estos informantes clave –hombres y mujeres que frecuentan los más altos círculos del poder social– identificó la figura del presidente como alguien en posición de ejercer el poder real en América Latina, mientras que el 23% dijo que la embajada estadounidense es uno de los actores más poderosos en los asuntos locales. Ante esta escalofriante confesión, ¿podemos objetar la radical descalificación que Aristóteles propina a nuestras falsas democracias en el diálogo imaginario antes señalado? Después de esto, ¿quién puede hablar de democracia en América Latina? ¿No habrá llegado el momento de llamar las cosas por su nombre, abandonando el fetichismo democrático construido sobre ficciones tales como “elecciones libres”, “competencia partidaria” y otras por el estilo, designando a estos regímenes por sus verdaderos nombres: plutocracias u oligarquías?

UN DESEMPEÑO DECEPCIONANTE

Luego de casi un cuarto de siglo, el desempeño de los capitalismos democráticos latinoamericanos ha sido decepcionante, aun en los países en donde, supuestamente, las cosas han marchado tan bien que se los erige como modelo. Es el caso de Chile, exaltado ad nauseam pese a que todavía tienen vigencia muchos artículos de la constitución pinochetista y el perverso régimen electoral diseñado por los secuaces del régimen; o, con mayores calificaciones, el de México, que habría logrado la hazaña de pasar de la “dictadura perfecta” del PRI –Vargas Llosa dixit– a la genuina y sana competencia electoral que hizo posible el triunfo del PAN.

Luego de desembarazarse de las dictaduras de las décadas del setenta y ochenta, nuestras sociedades son hoy más desiguales e injustas que antes, lo que por lo menos constituye una escandalosa anomalía que socava –¿quizás irreparablemente?– la legitimidad de cualquier régimen que se autodenomine democrático. Nuestros pueblos, por otra parte, no son libres: permanecen esclavizados por el hambre, el desempleo y el analfabetismo.

Desde los años de la segunda posguerra, algunas sociedades latinoamericanas experimentaron un moderado progreso en los indicadores de desarrollo social. Una diversidad de regímenes políticos, desde variantes del populismo hasta algunas modalidades de desarrollismo, lograron sentar las bases de una política social que –en algunos países como la Argentina, por ejemplo– no sólo pudo impulsar una mejor distribución del ingreso sino que, inclusive, posibilitó la “ciudadanización” de las clases y capas populares (que tradicionalmente habían sido privadas de casi todos sus derechos), incorporándolas a la estructura del estado y facilitándoles la creación de organizaciones populares, sobre todo sindicatos, que pudieran velar más efectivamente por sus intereses.

Pero, la redemocratización de América Latina coincidió con el agotamiento del keynesianismo –del cual tanto los populismos como los desarrollismos latinoamericanos fueron tributarios– y el estallido de la crisis de la deuda hizo que aquellas políticas no sólo fueran abandonadas sino satanizadas. En esta nueva fase, celebrada como la reconciliación

definitiva de nuestros países con los imperativos inexorables de los mercados globalizados, los viejos derechos –como salud, educación, vivienda y seguro social–, que habían sido en algunos casos vigorosamente reafirmados como expresiones inseparables de la ciudadanía política, fueron abruptamente “mercantilizados”, convertidos en mercancías inaccesibles para los sectores populares, empujando a grandes masas de la población a la indigencia. Agravando aún más la situación, las políticas neoliberales que acompañaron la recuperación de la “democracia” en América Latina tuvieron como resultado inmediato el acelerado deterioro de las precarias redes de seguridad social de carácter informal, producto de la solidaridad social que brotaba de una sociedad relativamente bien integrada en donde los trabajadores tenían empleo y sus áreas de residencia contaban con algunos servicios básicos que les permitían absorber la transitoria y marginal caída en el desempleo de una pequeña fracción de sus habitantes. Todo eso hoy ha desaparecido, junto con el debilitamiento radical de los sindicatos y diversos tipos de organizaciones populares y el auge de un individualismo desenfrenado, promovido activamente por los “señores del mercado” y la clase política que gobierna en su nombre, y que anatematiza cualquier estrategia colectiva de enfrentamiento de los problemas sociales. Esto forma parte del mecanismo auto-legitimatorio del capitalismo: si a alguien “le va mal” no es por culpa del sistema, sino de los propios individuos. En la periferia, el American dream sufre una metamorfosis digna de un cuento de Kafka y reaparece como la pesadilla de los eternos perdedores, culpabilizados por las derrotas que les infligen sus enemigos.

El resultado de esta penosa involución política y social ha sido que en las nuevas “democracias” latinoamericanas los ciudadanos viven atrapados y atormentados por una situación paradojal: mientras que en el “paraíso” ideológico del nuevo capitalismo democrático la soberanía popular y un amplio repertorio de derechos son reivindicados y exaltados por la institucionalidad del nuevo orden político, en la “tierra” prosaica del mercado y la sociedad civil, en los territorios liberados a la acción devastadora del capitalismo salvaje, esos mismos ciudadanos son meticulosamente despojados de estos derechos mediante ortodoxos programas de “ajuste y estabilización” que los excluyen de los beneficios del progreso económico, transformando a la reconquistada democracia en un simulacro desprovisto de cualquier contenido sustantivo.

No sorprende, entonces, que el resultado de este nuevo ciclo de democratización post-dictaduras haya sido, por lo tanto, un dramático debilitamiento del impulso democrático. Lejos de haber ayudado a consolidar las incipientes democracias, las políticas neoliberales las han socavado, y las consecuencias de esta desafortunada acción se perciben ahora con total claridad. Entre nosotros la democracia ha llegado a ser ese “cascarón vacío” del que tantas veces hablara Nelson Mandela, donde un número cada vez más creciente de políticos corruptos e irresponsables administran los países con la sola preocupación de agradar y satisfacer a las fuerzas del mercado, con una absoluta indiferencia en relación al bien común. Por ello, y retomando el diálogo imaginario con Aristóteles, estos sistemas políticos que prevalecen en la región no merecen ser llamados democracias: apenas les cabe el concepto de “regímenes post-dictatoriales”, nombre tal vez menos ofensivo que el que en estricta justicia les corresponde: plutocracias u oligarquías. De ahí la desconfianza que suscitan, su baja legitimidad popular y las pocas esperanzas que en ellos depositan los ciudadanos, un fenómeno que, como hemos visto, afecta con distintos grados de intensidad a todos los países de América Latina.

CONCLUSIÓN

La desilusión con el desempeño de las democracias en nuestra región no puede ser atribuida a supuestos déficits de nuestra cultura política o de nuestras tradiciones republicanas. Que tales deficiencias existen es indudable, pero que ellas jueguen un papel significativo en la crisis de las democracias latinoamericanas es mucho más debatible. Lo que sí resulta incuestionable, en cambio, es el fracaso de los gobiernos democráticos para hacer realidad la vieja fórmula de Lincoln: “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. El desencanto democrático tiene sus raíces en los malos gobiernos, no en la “mala ciudadanía”.

Invirtiendo el conocido sarcasmo de Bertolt Brecht (Pronunciado cuando, ante las grandes manifestaciones populares en contra del gobierno de la República Democrática Alemana a comienzos de los años cincuenta, el dramaturgo, de conocida filiación comunista, se refirió con sorna a una declaración del partido gobernante que sugería que tales protestas eran impropias del pueblo alemán. Brecht dijo entonces que “dado que el pueblo alemán no puede disolver a un mal gobierno, el gobierno debería disolver al pueblo alemán”), podría decirse que ante esta frustración, de lo que se trata no es de disolver al pueblo sino al gobierno, y reemplazarlo por otro mejor.

Por eso, desmontar el fetichismo que rodea nuestra vida democrática es una de las contribuciones más importantes que puede, y debe, hacer el pensamiento crítico de la región. Uno de los puntos cruciales de este programa es la deconstrucción de la falacia encerrada en la expresión “democracia capitalista” (o su equivalente: “burguesa”) y, llamando las cosas por su nombre, hablar en su lugar de “capitalismo democrático”. Tal como lo hemos planteado extensamente en otros lugares, no se trata sólo de un inocente cambio en el orden de las palabras (Boron, 2000: 161-166; 2006: 28-58). Con la expresión “capitalismo democrático”, lo que se está diciendo es que en estos regímenes políticos lo esencial es el capitalismo (y sus privilegiados actores: las grandes empresas y sus intereses), y que el componente democrático –expresado en el imperio de la soberanía popular y la plena expansión de la ciudadanía– constituye un elemento secundario subordinado a las necesidades de preservar y reproducir la supremacía del capital. La frase “democracia capitalista”, en cambio, paga tributo al fetichismo democrático al sugerir, mañosamente, que en esta clase de régimen lo esencial y sustantivo es la soberanía popular –expresada mediante el sufragio universal– y que el capitalismo sería tan sólo un simple aditamento que matiza el funcionamiento de un régimen político basado en el predominio de los intereses del demos. Nada podría estar más alejado de la realidad que tamaña distorsión. En las democracias “realmente existentes”, y no sólo en América Latina, quien manda es el capital, y la voluntad popular –adormecida, narcotizada, manipulada por la industria de la publicidad aplicada al control político, como lo observara con agudeza hace tiempo Noam Chomsky– juega un papel absolutamente secundario y marginal, con escasísima, si no nula, incidencia en la elaboración de las políticas públicas de un régimen erigido en su nombre y para la protección de sus intereses.

Podría decirse, ya que hemos iniciado este trabajo con aquel imaginario retorno a la antigüedad clásica, que la expresión “capitalismo democrático” es una verdadera contradictio in adjectio dado que, como se ha demostrado hasta el cansancio, la sociedad capitalista impone límites insuperables a la construcción de un orden político genuinamente

democrático11. Esto es así debido a que ella se constituye a partir de una escisión insuperable, e insanablemente incompatible con la democracia, entre vendedores y compradores de fuerza de trabajo, lo que coloca a los primeros en una situación de subordinación estructural que corroe inexorablemente cualquier tentativa de erigir un régimen democrático.

Que tal cosa no sea producto de nuestro “subdesarrollo” lo demuestra de sobra la literatura reciente sobre el desencanto democrático.

La “democracia liberal” se enfrenta a su progresivo vaciamiento y su inevitable desaparición. Sus deficiencias han adquirido proporciones colosales, y los descontentos ya son legiones tanto en las naciones capitalistas avanzadas como en la periferia. Se necesita urgentemente un nuevo modelo de democracia. Cierto: su reemplazo todavía está en formación, pero las primeras, tempranas señales de su llegada ya son claramente discernibles. Varios autores, entre ellos C. M. Macpherson y Boaventura de Sousa Santos, entre los principales, han examinado a fondo esta cuestión y promovido, en palabras de este último, la necesidad de “reinventar” la democracia (Santos, 2002; 2005; 2006; Macpherson, 1973).

Tal como fuera recientemente observado por Colin Crouch (2004) en un libro cuyo título lo dice todo: Pos-democracia, “tuvimos nuestro momento democrático alrededor de mediados del siglo veinte”, pero 11 Sobre este tema, la obra de Meiksins Wood (1999) sigue siendo una contribución extraordinariamente importante.

Hoy vivimos en una época claramente “posdemocrática”. Como resultado, “el aburrimiento, la frustración y la desilusión se han instalado después del momento democrático”. El más somero análisis de los sistemas políticos autodenominados democráticos demuestra lo siguiente: Poderosos intereses minoritarios han llegado a ser mucho más activos que la masa de gente común [...] las elites políticas han aprendido a manejar y manipular las demandas populares [...] el pueblo tiene que ser persuadido de votar en campañas publicitarias hechas desde arriba y las empresas globalizadas se han convertido en actores indisputables y prácticamente omnipotentes en los capitalismos democráticos (Crouch, 2004: XX).

Por una línea similar transitan las más recientes reflexiones de Gianni Vattimo (2006) sobre este tema. El autor, representante de una línea de pensamiento que él denomina “catocomunismo” por ser una combinación creativa –y políticamente explosiva, al menos en países como los nuestros– entre un catolicismo radical y el comunismo, se pregunta “¿qué normalidad puede tener una democracia como la italiana donde para presentar la candidatura a las elecciones hay que disponer de ingentes capitales y/o contar con el apoyo de una burocracia partidista que mantiene alejado cualquier cambio que la amenace?”. Pregunta que puede multiplicarse indefinidamente en proporción directa con el número de casos examinados dentro del universo de los capitalismos desarrollados. Por eso, concluye que “todo el sistema de democracia modelo, como la norteamericana, es un testimonio estrepitoso de la traición de los ideales democráticos a favor de la pura y simple plutocracia” (Vattimo, 2006: 102).

Todo lo anterior resulta doblemente cierto en sociedades como las latinoamericanas, en donde la autodeterminación nacional ha sido socavada inexorablemente por el peso creciente que fuerzas externas políticas y económicas han asumido en la toma de decisiones domésticas, a tal punto que la palabra “neo-colonias” describe a estos países mucho mejor que la expresión “naciones independientes”. De esta manera, la cuestión que se plantea con más y más frecuencia en Latinoamérica es: ¿hasta qué punto es posible hablar de soberanía popular –esencial para una democracia– sin soberanía nacional? ¿Soberanía popular para qué? ¿Puede un pueblo sometido al dominio imperialista llegar a tener ciudadanos autónomos que decidan sobre su propio destino? Bajo estas condiciones altamente desfavorables, sólo un modelo democrático muy rudimentario puede sobrevivir, cuya verdadera esencia, que asoma por debajo de sus apariencias democráticas, lo delata como una feroz plutocracia. Por consiguiente, la lucha por la democracia en América Latina, esto es, la conquista de la igualdad, la justicia, la libertad y la participación ciudadana, es inseparable de una lucha resuelta contra el despotismo del capital global. Más democracia implica, necesariamente, menos capitalismo. Lo que Latinoamérica ha estado obteniendo en las décadas de su “democratización” ha sido más capitalismo y no verdaderamente más democracia, y es precisamente contra esto que los pueblos de la región se están rebelando, cada vez más.

8 de noviembre de 2007

Socialismo Siglo XXI

El socialismo de ayer a hoy

OCTAVIO QUINTERO

Cuando el presidente Hugo Chávez habló por primera vez de llevar a Venezuela al socialismo del siglo XXI, mucha gente, si no todos, pensó que se refería al comunismo de la vieja URSS. Sin embargo, al avanzar el debate, que entre otras cosas apenas comienza, nos hemos ido dando cuenta de que se trata de una nueva concepción de la dirección de un Estado dentro de la ya vieja pero nunca bien interpretada y menos aplicada teoría de la plusvalía marxista, de un lado, y de la revisión teórica del libre mercado definido en la concepción smithsoniana y su ‘Mano Invisible’.

Enmendar en una política de Estado la injusticia laboral del capitalismo que consiste en apropiarse del valor que el trabajo no pagado del obrero asalariado crea por encima del valor de su fuerza de trabajo; y desmitificar la ‘mano invisible’ de Adam Smith, quien no teniendo los conocimientos matemáticos de que dispone hoy la ciencia, ni los recursos que la posmodernidad nos trajo con el desarrollo de la cibernética y la informática, con los que hoy seríamos capaces de calcular con precisión el valor objetivo de un producto, dijo que el precio justo era el que se derivaba de la oferta y la demanda, y que por tanto, el Estado no debía intervenir en su regulación, serían de entrada los dos fines primordiales del Socialismo del Siglo XXI.

Eso en el campo económico y social.

En el campo político, el Socialismo del Siglo XXI tiende a deslindar muy expresamente los asuntos que competen al constituyente primario de los que puede asumir el constituyente delegado, es decir, alcanzar la real democracia participativa. Y aunque este es un enunciado ya muy visible en la arquitectura constitucional de los países latinoamericanos, lo cierto es que la deformación inmersa en la democracia practicada por gobiernos autocráticos, corruptos y clientelistas, sigue marginando la participación directa de los ciudadanos en las grandes decisiones políticas que afectan su vida, por ejemplo, en las discutibles enmiendas constitucionales que estos gobiernos han venido introduciendo en sus Cartas para perpetuarse en el poder, sin consultar directamente al pueblo, o los tratados comerciales conocidos como TLC que han dado en suscribir con Estados Unidos “cueste lo que cueste” como en su momento dijo el presidente Uribe en Colombia, sin llevarlos a referéndum, como sí ocurre en el ámbito de la Unión Europea en donde nada que signifique un cambio sustancial en la forma de vida de la gente se adopta sin previo referéndum en cada uno de los países entre su población.

Un paréntesis: a raíz de la reforma del “articulito” que le permitió a Uribe la reelección, se dio en Colombia un interesante debate académico que debió haber inclinado la Corte Constitucional a declarar inexequible la enmienda. Y era que toda Constitución se compone de partes esenciales y partes formales; o en otras palabras, de fondos y de formas que saltan a la vista de cualquier mediano analista. Las fundamentales, por constituir el marco en sí en que la gente quiere organizarse dentro de la sociedad, no pueden ser reformadas ni modificadas sino por el mismo Constituyente Primario, en tanto que las formales, que también pudieran llamarse de convivencia, podían ser reformadas por el Constituyente Delegado, esto es, el Congreso. Si una sociedad, por ejemplo, no quiere la pena de muerte, no puede el Congreso reformar la Constitución para introducirla sino que debe apelarse a un referéndum para que sea el mismo Constituyente Primario el que determine su voluntad al respecto. No podría tampoco el Congreso determinar mañana o pasado, mediante una reforma constitucional, que Colombia ya no es una República independiente sino un Estado asociado a los Estados Unidos y, en ese mismo orden de ideas, como la Constitución del 91 prohibía la reelección, no podía el Congreso cambiar esa sustancia de la Carta sin incurrir en usurpación de funciones atribuidas políticamente al Constituyente Primario. Distinto es esto a que se prohíba o permita el consumo personal de drogas o que se autorice el matrimonio entre parejas del mismo sexo o que, para emplear otro ejemplo, que la Constitución permita al ciudadano hacer todo aquello que ella misma no tenga expresamente prohíbido.

Dejando de la lado el largo paréntesis que vuelve a tomar actualidad ante la pretensión del presidente Uribe de atornillarse en el poder en caso de “hecatombe”, en este contexto es dable admitir que el Socialismo del Siglo XXI es apenas un enunciado hasta ahora admitido como posible por los gobiernos de Chávez en Venezuela, su líder; Correa en Ecuador, Evo en Bolivia y Ortega en Nicaragua. Podrían agregarse algunos pasos dados por Lula en Brasil y Kirchner en Argentina, en tanto en cuanto que no comulgan ciegamente con el modelo neoliberal, pero que tampoco han sido capaces de apostatar de él en forma contundente. No obstante, es necesario advertir que frente al viejo modelo capitalista y la nueva concepción socialista, va ganando la izquierda porque, salvo Colombia, gobernada por una ultraderecha abiertamente proclamada aunque no admitida por el presidente Uribe quien, entre otras cosas, comete el adefesio político de afirmar que eso de izquierda y derecha ya no existe (pero qué más se puede esperar de un Presidente que a tiempo que proclama la guerra a las Farc tampoco admite el conflicto armado), todos los demás países latinoamericanos, incluyendo Chile y México, dan muestras de tender hacia modelos de desarrollo económico propios (menos dependientes del Imperio), en los que se incluyen políticas sociales abiertamente distantes de la ortodoxia monetaria impuesta por el Banco Mundial y el FMI.

Heinz Dieterich, el sociólogo alemán, a quien se considera el principal ideólogo del Socialismo del Siglo XXI, está profundizando el pensamiento en un libro titulado, precisamente, ‘Chávez y el Socialismo del siglo XXI’. El libro está prologado magníficamente por el general Raúl Isaías Baduel, quien se suscribe como “Soldado de Infantería Paracaidista” de Venezuela y quién, irónicamente, acaba de rebelarse contra el presidente Chávez por considerar que su reforma constitucional va más allá de lo que permite la propia Carta al introducir cambios sustanciales en su concepción que la hacen, no una reforma sino una nueva Carta que debía haberse expedido directamente por el Pueblo y no por la Asamblea Nacional como Poder Constituido que es.

El prólogo completo del general Baduel, que sigue siendo interesante a pesar de la discrepancia que ha entablado con el presidente Chávez; y que gentilmente nos ha hecho llegar nuestro apreciado amigo en Caracas, alvaromasmela@yahoo.es, lo pueden abrir en el blog http://misxxi.blogspot.com/ con el fin de no extenderme en este comentario al que sí le quiero agregar un supersintético resumen del propio Dieterich que topé en mi e-mail proveniente de Ecuadoradio que lo entrevistó a su paso por Quito:

“Nadie aplica todavía el socialismo del siglo XXI; su implementación requerirá tiempo. El Socialismo del Siglo XXI está en construcción, pero existe. La teoría tiene un cuerpo bien definido. En la construcción de esta teoría se debería contemplar la reintroducción del elemento de referéndum en asuntos trascendentales de la nación, como una guerra, un Tratado de Libre Comercio y hasta un presupuesto nacional, pues, se decide la calidad de vida de la gente”.

La información respectiva dice que Dieterich también explicó que el precio de mercado depende de la fuerza de los que hacen alguna acción económica. Sobre la juventud admite que tiene mucho escepticismo frente al sistema político, pero que busca un proyecto de vida y por lo tanto debe decidir cuál es el estilo de vida que va a querer, y obviamente necesita alternativas como ésta.

En el campo internacional sostiene que las conexiones entre Venezuela, Cuba y Ecuador son diferentes; y al resaltar en el presidente ecuatoriano sus conocimientos económicos, indica que eso lo lleva a entender que no se puede aplicar el mismo modelo en todos los países.

Dieterich en esta entrevista considera posible que en Latinoamérica se esté desarrollando una revolución pacífica tomando en cuenta la realidad de cada nación.


Heinz Dieterich

CHÁVEZ Y EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI

PRÓLOGO

POR RAUL ISAIAS BADUEL

Cuando mi amigo Heinz Dieterich me realizó la amable invitación de prologar una nueva y aumentada edición de su ya reconocida obra «Hugo Chávez y el Socialismo del siglo XXI», una combinación de sentimientos me abordaron. Primero, el gran honor que siento al hacerlo, ya que reconozco en esta obra una grandísima contribución a la construcción de la teoría de la nueva sociedad no capitalista y segundo, el gran compromiso que me invade al tratar de componer unas palabras que abran aún más el apetito intelectual de todos aquellos compatriotas venezolanos y también aquellos de otras latitudes, que como me consta, abordan la lectura de esta obra con la honesta intención de encontrar en sus páginas la orientación y guía, que en esta materia tanta falta nos hace. Espero que las palabras que siguen puedan contribuir a ello, ya que sin duda estamos ante una obra que marca un hito en la literatura de su tipo en nuestra República Bolivariana de Venezuela.

Ante el llamado del Presidente Chávez a «Inventar el Socialismo del Siglo XXI», en especial un modelo teórico, propio y adaptado a nuestra realidad y entorno, pensé que muchos de nuestros compatriotas acudirían al llamado, ya que si algo ha caracterizado a la izquierda venezolana es su profusión de intelectuales, muy bien formados por cierto. Sin embargo pasado un tiempo, el aporte de Heinz Dieterich, permanece como una referencia casi única y obligada debido a la claridad y sencillez de sus ideas.

En su obra no intenta Dieterich construir el núcleo científico de la teoría revolucionaria, lo cual equivaldría a la nueva invención de la rueda, sino a construir sobre la teoría revolucionaria ya existente, ese nuevo modelo para una economía no capitalista, que el Presidente Chávez nos urge a inventar. Sin embargo, considero que debemos enmarcar muy bien el termino «inventar» que se encuentra en el llamado del Presidente y que juzgo, es el verdadero sentido con el que se realizó el llamado.

Debemos «inventar» el socialismo del siglo XXI si, pero no de manera desordenada y caótica, sino valiéndonos de las herramientas y el marco de referencia que nos da la ciencia.

Debemos inventar con lógica, con método, con orden, en fin con ciencia. Esto está explicado con sencillez y belleza en el novísimo capitulo 7 de esta nueva edición de la obra y que se titula: «El socialismo del siglo XXI en preguntas y respuestas».

En la pregunta 28 se plantea la interrogante: « ¿Sin la Ciencia se puede construir el socialismo?» Y la respuesta de Heinz es: «No, esto no sería posible. Por que la ciencia siempre es necesaria, cuando se toman decisiones de gran importancia o se requieren resolver tareas de gran complejidad o dificultad ».

Cuando afirmo que ese fue el sentido original de las palabras del Presidente Chávez en la ocasión de llamar a «inventar el socialismo del siglo XXI», también lo hago tomando en cuenta que, en el Aló Presidente del 27 de marzo de 2005, el Presidente indicó (hecho este citado por Heinz en su Introducción), que el Socialismo de Venezuela se construiría en concordancia con las ideas originales de Carlos Marx y Federico Engels. Señala Dieterich que ciertamente, la teoría científica de Marx y Engels es el marco de referencia obligado, al ser la primera teoría científica de la sociedad que parte de la premisa de la interacción y confrontación entre la lógica del sistema y la lógica de los sujetos sociales.

Si la base para la construcción del Socialismo del siglo XXI es una teoría científica de la talla de la de Marx y Engels, lo que construyamos sobre ella no puede serlo menos, so pena de que la estructura construida no pase a ser más que una humilde choza, levantada sobre los cimientos de un rascacielos. Señala el autor que hace falta trascender ya la fase de crítica del capitalismo global y avanzar en la construcción del programa de la economía socialista. Aportes como los de Kurz, Meszáros y Draper pese a ser obras excelentes, no pasan de esta fase crítica en la que pareciera haberse atascado la teoría socialista.

Es por ello que señala acertadamente Heinz, que aunque la teoría de Marx y Engels revela magistralmente el misterio de la explotación capitalista, al punto de elevar a estos dos hombres a la categoría de científicos como Darwin y Newton, se quedó corta al proponer la forma de construir el sistema post capitalista. Marx y Engels no dejaron elaborado el modelo de economía socialista. La razón es que, para la época en que desarrollaron su labor científica, no existían los avances en las matemáticas ni en la cibernética-informática, necesarios para poder calcular en la práctica el valor objetivo de un producto.

Puede que el lector este preguntándose ahora ¿que tiene que ver el cálculo del valor objetivo de un producto con la construcción de una sociedad socialista? Después de leer esta obra, estoy seguro de que no le quedará ninguna duda al lector, de que tiene muchísimo que ver. Si de algo se cerciora Heinz a través de estas páginas, es en repetir hasta la saciedad que la economía socialista debe basarse en cálculos realizados en unidades de trabajo abstracto ya que, explica el autor siguiendo a Marx y a Ricardo que, el valor objetivo de un producto es la cantidad media de trabajo invertido en su manufactura . Nos explica que es debido a no haber sido capaces de basar su economía en el valor objetivo de los productos, que la economía de los países donde funcionó el llamado Socialismo Real colapsó. En palabras de Heinz Dieterich: « La necesidad de determinar el valor objetivo de los productos es conditio sine qua non del Socialismo»

Quiere esto decir, que no basta con la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, ni con la planificación centralizada, ni con la reducción de la brecha de la diferencia de ingresos entre la población. Estos fueron logros objetivos de países comunistas, como la extinta urss y sin embargo sus economías involucionaron. Esto es una advertencia muy fuerte, ya que estamos a tiempo de no repetir los errores que se cometieron en los países llamados comunistas y que llevaron inevitablemente al colapso de sus sistemas.

Es por ello que recomiendo fuertemente la lectura minuciosa y detallada del capitulo 5, «La Fase de Transición al nuevo Socialismo», en donde el autor nos introduce a la forma de sustituir al «mercado» como mecanismo de coordinación del sistema. Nos presenta aquí a Arno Peters, quien logró desarrollar una matriz que permite calcular el valor (lo más aproximadamente posible) de cualquier producto. Este científico ha desarrollado una especie de matriz Insumo-Producto, que el autor denomina la «Rosa de Peters», la cual debe ser combinada con un sistema computacional-informático-cibernético que permitiría desmantelar perfectamente al «mercado», propiciando las bases para una verdadera planificación democrática y un comercio justo, no crematístico.

Ahora quisiera comentar y a la vez recomendar profusamente la lectura del nuevo capitulo 7. Considero que su contenido viene a llenar el inmenso vacío que hasta ahora existía en nuestro país, de una literatura fresca y sencilla que en lenguaje claro y llano explicase al ciudadano de a pie, los conceptos y la teoría sobre la construcción del socialismo del siglo XXI. Es más, considero que este nuevo capitulo pudiese muy bien ser publicado como una obra aparte y ser reproducido para su distribución masiva en escuelas, universidades, sindicatos, fabricas, hospitales, comunidades campesinas, consejos comunales y en fin en todos los espacios donde hace falta generar un debate y sana discusión sobre el socialismo que queremos construir.

Aunque el entero contenido del capitulo 7 no tiene perdida alguna, debo reconocer que me llamó poderosamente la atención, la respuesta número 20, en virtud de que lo compuesto allí por el autor, es un excelente ejemplo de lo mucho que se puede lograr a nivel explicativo, con unas pocas palabras exquisitamente escogidas y compuestas con ingenio. En la respuesta 20, señala Dieterich que hacen falta seis (6) condiciones necesarias y suficientes si queremos llegar al socialismo del siglo xxi. Tres (3) de estas condiciones son condiciones económicas suficientes a saber: Valor, Equivalencia y Cibernética. Las otras tres (3) condiciones restantes las denomina condiciones socio-políticas necesarias o auxiliares las cuales son: Democracia Participativa, Educación y Redistribución. Esto es extremadamente importante, sobre todo como respuesta a aquellos factores que no se cansan de tildar al Socialismo del Siglo XXI como un sistema autoritario y dictatorial. Con la implementación de las tres condiciones socio-políticas necesarias, quedan los derechos del individuo protegidos del poder político y económico de una burocracia que pudiese llegar a ser todopoderosa y arrogante, si no se limita el poder que pudiese acumular como consecuencia de la planificación central por parte del Estado .

En las preguntas 21,22 y 23 del capitulo 7, se explican además con detalle y sencillez, cada uno de los tres elementos económicos suficientes para el establecimiento de una economía socialista y que deberían ser aprendidos de memoria, reflexionados y meditados por todos los que estemos imbuidos del deseo de la implementación de un sistema económico no crematístico.

Por último, quisiera finalizar compartiendo con los lectores de esta excelente obra, una reflexión a la que llegue al releer la obra completa y en especial al estudiar detenidamente el nuevo capitulo 7 sobre preguntas y respuestas del socialismo del siglo XXI. Si uno lee varias veces enteramente el capitulo 5 y posteriormente llega a la respuesta 16 del capitulo 7 y medita sobre las implicaciones que dichos contenidos nos plantean a nosotros los venezolanos, si realmente queremos construir el socialismo del siglo XXI, no puede más que sobrecogerse uno ante el reto que se deriva de esa reflexión. Nos dice Heinz que para que la economía sea verdaderamente socialista debe estar basada en el valor objetivo de los productos. Nos indica que las matemáticas y la computación han llegado a un nivel de desarrollo que ya permite esto. Nos informa que Arno Peters ha llegado a una matriz matemática que permite, en conjunción con sistemas informáticos adecuados, calcular de la manera más aproximada posible el valor de cualquier producto. Como colofón, la previamente mencionada respuesta 16 del nuevo capitulo 7, nos dice textualmente:

«Para convertir esa economía crematística de mercado en una economía socialista, un equipo de planeación tiene que sustituir la función informática del mercado y decisoria de los empresarios .» Termina afirmando Heinz que «Esta es una complicación en la implementación del Socialismo del Siglo xxi ». Evidentemente que lo es. Los retos que esto impone a nivel educativo, son enormes. Debemos planificar la formación en corto plazo de un recurso humano que en la actualidad no disponemos. ¿Donde están los cientos, quizás miles de Matemáticos, Estadísticos, Economistas, Ingenieros en Sistemas, programadores, técnicos en redes, expertos en Informática y Sistemas de Información, comprometidos con la ideología socialista y con el cambio a un sistema diferente al capitalista, que formaran el equipo de planeación central que tendrá la formidable y enorme misión de sustituir nada más y nada menos que al mercado y a los empresarios?

Debe entonces imperiosamente, adaptarse rápidamente nuestro sistema educativo a estas urgentes necesidades, ya que como bien lo señala Heinz sin Ciencia no se puede construir el socialismo. No existe ciencia sin hombres de ciencia y no existirán hombres de ciencia, si no los formamos desde ya, de acuerdo al perfil, no solo técnico y profesional, sino humano, moral, ético y revolucionario que necesitamos para implementar, al fin, una economía basada en el valor objetivo de los productos y donde los salarios se equiparen al valor objetivo agregado a esos productos. El reto es enorme y debemos empezar ya.

Espero que estas palabras hayan abierto aún más el apetito de todos aquellos ávidos lectores que por vez primera tienen esta obra en sus manos y de aquellos que como yo, tienen la sana costumbre de releerla de cuando en cuando y reflexionar sobre los retos que sus páginas nos imponen como nación que anhela el triunfo del Nuevo Proyecto Histórico (nph) y la consolidación del Bloque Regional de Poder (brp), tema este último en el que nuestra política exterior ha dado ya grandes avances.

* Raúl Isaías Baduel. Soldado de Infantería Paracaidista.

3 de octubre de 2007

Mercados y utopias

Martes, 2 Oct 2007

Nota de MISXXI

Nuestro corresponsal Oscar Delgado, por intermedio de Columnistas Libres (CL), que dirige el colega Rodrigo Jaramillo, nos remite este portentoso análisis de Atilio Borón que presentamos a continuación, antecedido por este par de pensamientos:

- “En este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez”: Max Weber en la ‘Política como vocación’.

- “Cuando más negra es la noche, más brillan las estrellas”: Rosa de Luxemburgo en vísperas de su detención y posterior asesinato.

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Sobre mercados y utopías

Atilio Borón

Fuente: La gente: http://www.radiolaprimerisima.com/noticias/inmigrantes/20207

Para nadie es un misterio que esta época tan especial, en la cual el capitalismo ha experimentado una reestructuración regresiva a escala planetaria, se encuentra dominada por una ideología: el neoliberalismo.

Éste se ha convertido en el sentido común de nuestro tiempo, si bien es cierto que su penetración e importancia práctica se distribuye de manera sumamente desigual según países y regiones.

Así como en el pasado aun los líderes más despóticos y autoritarios no dejaban de exaltar el valor de la democracia y de asegurar que los regímenes que presidían eran auténticas expresiones de la misma, en nuestro tiempo los gobernantes parecen competir en un concurso para ver quién declara con más ahínco su adhesión a los principios del "libre mercado".

Tanto antes como ahora, esas expresiones tienen poco que ver con la realidad y, en el caso particular de los mercados competitivos, la retórica del neoliberalismo excede con creces la realidad objetiva de los mismos.

Hay mucho menos mercado de lo que se dice, tal vez por aquello que oportunamente recordó John Williamson en un famoso paper al decir que "Washington no siempre practica lo que predica", y a lo cual podríamos agregar que no sólo Washington sino que tampoco Bonn, París, Londres y Tokio parecen demasiado preocupados por el llamativo contraste entre la hueca retórica neoliberal utilizada en sus exhortaciones a terceros países -¿pagando un lip service al Banco Mundial, al FMI y a la Casa Blanca?- y el curso concreto de sus políticas económicas.

Pese a sus reclamos en favor de la propuesta neoliberal, los capitalismos desarrollados continúan teniendo Estados grandes y ricos; muchísimas regulaciones que "organizan" el funcionamiento de los mercados; recaudación de impuestos; promoción de formas encubiertas y sutiles de proteccionismo y subsidios y conviviendo con déficit fiscales sumamente elevados.

Si se observa la experiencia de los países "reformados" según los preceptos del Consenso de Washington -América Latina, Europa Oriental y Rusia- se advierte que el triunfo del neoliberalismo ha sido más ideológico y cultural que económico. Esta victoria se asienta sobre una derrota epocal de las fuerzas populares y las tendencias más profundas de la reestructuración capitalista y se manifiesta a lo largo de cuatro dimensiones:

a) La avasalladora tendencia a la mercantilización de derechos y prerrogativas conquistados por las clases populares a lo largo de más de un siglo de lucha, convertidos ahora en "bienes" o "servicios" adquiribles en el mercado. La salud, la educación y la seguridad social, por ejemplo, dejaron de ser componentes inalienables de los derechos ciudadanos y se convirtieron en simples mercancías intercambiadas entre "proveedores" y compradores al margen de toda estipulación política.

Y, algo de particular interés para muchos de nosotros, el medio ambiente también ha sufrido un acelerado y gravísimo proceso de mercantilización que no sólo pone en cuestión la injusticia e inequidad de un orden económico como el capitalista sino que deteriora radicalmente la sustentabilidad misma de la vida en el planeta.

b) El desplazamiento del equilibrio entre mercados y Estado, un fenómeno objetivo que fue reforzado por una impresionante ofensiva en el terreno ideológico que "satanizó" al Estado mientras se exaltaban las virtudes de los mercados. Cualquier tentativa de revertir esta situación no sólo deberá enfrentar a los factores estructurales sino que, al mismo tiempo, tendrá que vérselas con potentes definiciones culturales sólidamente arraigadas en la población que asocian lo estatal con lo malo e ineficiente y los mercados con lo bueno y eficiente.

c) La creación de un "sentido común" neoliberal, de una nueva sensibilidad y de una nueva mentalidad que han penetrado muy profundamente en el suelo de las creencias populares. Como sabemos, esto no ha sido obra del azar sino el resultado de un proyecto tendiente a "manufacturar un consenso", para utilizar la feliz expresión de Noam Chomsky, y para lo cual se han destinado recursos multimillonarios y toda la tecnología mass-mediática de nuestro tiempo a los efectos de producir un duradero lavado de cerebro que permita la aplicación aceitada de las políticas promovidas por los capitalistas.

Este conformismo también se expresa en el terreno más elaborado de las teorías económicas y sociales por aquello que en Francia se denomina "el pensamiento único". Basta comprobar la ausencia de todo debate económico significativo en América Latina para aquilatar los perniciosos alcances de aquél en nuestra región.

d) Finalmente, el neoliberalismo cosechó una importantísima victoria en el terreno de la cultura y la ideología al convencer a amplísimos sectores de las sociedades capitalistas -y a la casi totalidad de sus elites políticas- de que no existe otra alternativa. Su éxito en este terreno ha sido rotundo: no sólo impuso su programa sino que, inclusive, cambió a su provecho el sentido de las palabras.

El vocablo "reforma", por ejemplo, que antes de la era neoliberal tenía una connotación positiva y progresista -y que fiel a una concepción iluminista remitía a transformaciones sociales y económicas orientadas hacia una sociedad más igualitaria, democrática y humana- fue apropiado y "reconvertido" por los ideólogos del neoliberalismo en un significante que alude a procesos y transformaciones sociales de claro signo involutivo y antidemocrático. Las "reformas económicas" puestas en práctica en los años recientes en América Latina son, en realidad, contrarreformas orientadas a aumentar la desigualdad económica y social y a vaciar de todo contenido las instituciones democráticas.

¿Mercados o naciones?

Ahora bien, la soberanía popular que se expresa en un régimen democrático debe necesariamente encarnarse en un Estado nacional. Es posible que en el futuro esto no sea así y que el sistema interestatal ceda su lugar a una nueva configuración política internacional.

Pero, mientras tanto, la sede de la democracia continuará siendo el Estado nación. Ahora bien, ¿cuál es el drama de nuestra época? Que los estados, especialmente en la periferia capitalista, han sido concientemente debilitados, cuando no salvajemente desangrados, por las políticas neoliberales a los efectos de favorecer el predominio sin contrapesos de los intereses de las grandes empresas.

A resultas de lo anterior, aquéllos se convirtieron en verdaderos "tigres de papel" incapaces de disciplinar a los grandes actores económicos y, mucho menos, de velar por la provisión de los bienes públicos que constituyen el núcleo de una concepción de la ciudadanía adecuada a las exigencias de fin de siglo.

Una somera indicación de los alcances de este fenómeno se torna evidente a partir de una sencilla operación. Si comparamos las cifras de ventas de algunas de las grandes empresas transnacionales con las correspondientes al producto bruto de los países latinoamericanos en 1992 y compilamos una lista unificada de Estados y empresas hallaríamos a la cabeza de la misma a Brasil, con un producto bruto de trescientos sesenta mil millones de dólares.

Luego vendría México con trescientos veintinueve mil millones y a continuación Argentina, con doscientos veintiocho mil millones. Después comienza a aparecer una serie de "países" muy extraños: General Motors, con ciento treinta y dos mil millones; Exxon, con ciento quince mil millones; Ford, con cien mil millones; Shell, con noventa y seis mil millones; Toyota, IBM; y a continuación aparece Venezuela, con sesenta y un mil millones y, al final, Bolivia con apenas cinco mil trescientos millones de dólares de producto bruto.

¿Qué lecciones se desprenden de una lista tan heterogéneo como ésta? Que la capacidad de negociación de nuestros países con estos gigantes de la economía mundial se ha visto menoscabada a lo largo de las últimas décadas. Mientras los Estados de la periferia se achicaban y debilitaban al ritmo impuesto por los ajustes neoliberales de los ochenta y los noventa, el rango y el volumen de operaciones de las megacorporaciones se acrecentó extraordinariamente.

Como bien lo recuerda el citado informe del UNRISD, entre 1980 y 1992 las ventas de las megacorporaciones crecieron a más del doble, mientras que los Estados sufrieron las sangrías ocasionadas por la ortodoxia neoliberal auspiciada por esas mismas empresas. El movimiento de tijeras hizo que los primeros quedaran en una posición cada vez más desventajosa en relación a las segundas.

Aquellos Estados tienen escasas posibilidades de lidiar con estos nuevos "Leviatanes" de la economía mundial. No se encuentran totalmente inermes, pero las probabilidades de ejercer un control efectivo sobre las grandes empresas son muy limitadas.

Esto es particularmente cierto en el caso de países con economías pequeñas: ¿cuáles son los instrumentos con que cuenta un gobierno democrático de Bolivia para negociar con una corporación como la GM, cuya cifra de ventas anuales es veintiséis veces superior a la de su producto bruto? ¿Cómo podría hacerlo la totalidad de los países del Africa subsahariana, cuyo producto bruto combinado es levemente superior a las ventas anuales de General Motors y Exxon?

La realidad es que nuestros Estados son hoy mucho más dependientes que antes, agobiados como están por una deuda externa que no cesa de crecer y por una "comunidad financiera internacional" que en la práctica los despoja de su soberanía al dictar las políticas económicas dócilmente implantadas por los gobiernos de la región.

La gravedad de este proceso de creciente subordinación de los Estados de la periferia a los oligopolios que controlan los mercados mundiales es de tal magnitud que incluso un personaje tan poco propenso a expresar ideas de avanzada, como el presidente Fernando de la Rúa, reconoció durante el festejo por el Día de la Independencia argentina, el 9 de julio de 2001, que el país era más dependiente que antes. Pero, por una de esas paradojas de la historia las teorizaciones sobre la dependencia o el imperialismo son desestimadas por los elencos gobernantes y los intelectuales orgánicos del capital como meros anacronismos, precisamente cuando adquieren una vigencia mayor aún de las que tenían en los sesentas.

Nuestros países son hoy muchísimo más dependientes de lo que lo eran en los años sesentas. A esto hay que añadir que las perspectivas de la autodeterminación nacional -un corolario necesario de la soberanía popular- se cierran aún más bajo la égida del neoliberalismo al prevalecer una ideología autoincriminatoria que so pretexto de la "reforma del Estado" lo conduce a su radical debilitamiento y su casi completa destrucción.

En consecuencia, la fenomenal desproporción entre Estados y megacorporaciones constituye una amenaza formidable al futuro de la democracia en nuestros países. Para enfrentarla es preciso: construir nuevas alianzas sociales que permitan una drástica reorientación de las políticas gubernamentales y, por otro lado, diseñar y poner en marcha esquemas de cooperación e integración supranacional que hagan posible contraponer una renovada fortaleza de los espacios públicos democráticamente constituidos al poderío gigantesco de las empresas transnacionales.

Un vicio imperdonable de muchos economistas, producto de la crisis teórica y la asombrosa estrechez de miras que caracterizan a la disciplina en estos días, ha sido el de considerar a los países y a los Estados simplemente como mercados. Sin embargo, pese al economicismo dominante, nuestros países son antes que nada naciones y, tan sólo luego, sedes de mercados.

En los años del auge petrolero mexicano, Carlos Fuentes escribió un memorable artículo en el New York Times con el título: "¡México no es un pozo de petróleo!" La ideología dominante no por casualidad resignifica a los países convirtiéndolos en grises mercados, todos uniformizados por la dinámica incesante de la oferta y la demanda.

Es que el debilitamiento de los Estados nacionales facilitado, por un lado, por la extinción práctica de la idea de nación -supuestamente subsumida bajo la corriente "civilizatoria" de la globalización- y, por el otro, por el imperio de las políticas "orientadas hacia el mercado" culmina en la degradación de la nación al rango de un mercado. Además, lo anterior significa aceptar -tal como lo hace el discurso dominante de la economía- que los hombres y las mujeres de la democracia son despojados de su dignidad ciudadana y se convierten en instrumentos, en simples medios, al servicio de los negocios de las empresas. Reducir los significados, el destino y el propósito por el cual vivimos en una sociedad a la mera obtención de una tasa de ganancia nos parece, a la luz de la ética y la teoría política, de una sordidez incalificable, aparte de ser una operación que sella ominosamente el destino de las democracias tan laboriosamente conquistadas en América Latina.

La necesaria reivindicación de la utopía

Es preciso recordar y evitar ser abrumados por la ideología dominante. Sumergidos bajo su influencia e impresionados por la súbita "conversión" de numerosos intelectuales -otrora críticos vehementes del capitalismo- a su credo, grandes segmentos de nuestras sociedades parecen resignados a pensar que el mundo será, de aquí en más, neoliberal hasta el fin de los tiempos. Aunque tardíamente, los mercados se habrían "cobrado su revancha" por tantos decenios de desprecio u hostilidad a manos de socialistas y populistas de todos los colores.

Sin embargo, los tiempos del neoliberalismo serán mucho más cortos de lo que se supone. Su "gran promesa" ha quedado penosamente desvirtuada por los hechos: tanto en los capitalismos desarrollados como en la periferia la reestructuración neoliberal se hizo a expensas de los pobres y de las clases explotadas. La propiedad de los medios de producción no se "democratizó," las desigualdades económicas y sociales no se atenuaron y la prosperidad no alcanzó a derramarse hacia abajo, como aseguraba reconfortantemente la "teoría del derrame".

Las sociedades que el neoliberalismo construyó a lo largo de estos años son peores que las que las precedieron: más divididas y más injustas, y los hombres y mujeres viven bajo renovadas amenazas económicas, laborales, sociales y ecológicas. El grave problema que caracteriza a nuestra época es que mientras el neoliberalismo exhibe evidentes síntomas de agotamiento el modelo de reemplazo todavía no aparece en el horizonte de las sociedades contemporáneas. ¿Por cuánto tiempo habrá de prolongarse esta agonía? No sabemos. Lo que sí sabemos, y nos revitaliza en nuestras luchas, es que "históricamente el momento de viraje de una ola es una sorpresa" y que el neoliberalismo puede sucumbir mucho antes de lo esperado.

Haciendo gala de su talento de historiador, Perry Anderson planteó que las fuerzas progresistas debían extraer tres lecciones de las vicisitudes históricas del neoliberalismo. La primera aconsejaba no tener ningún temor a estar absolutamente a contracorriente del consenso político de nuestra época. Hayek y sus cofrades tuvieron el mérito de mantener sus creencias cuando el saber convencional los trataba como excéntricos o locos, y no se arredraron ante la "impopularidad" de sus posturas.

Debemos hacer lo mismo, pero evitando un peligro que muchas expresiones de la izquierda no supieron sortear: el autoenclaustramiento sectario, que impide al discurso crítico trascender los límites de la capilla y salir a disputar la hegemonía burguesa en la sociedad civil. La más radical oposición al neoliberalismo será inoperante si no se revisan antiguas y muy arraigadas concepciones de la izquierda en materia de lenguaje, estrategia comunicacional, inserción en las luchas sociales y en el debate ideológico-político dominante, actualización de los proyectos políticos y formas organizacionales, etc. En síntesis, estar a contracorriente no necesariamente significa "dar la espalda" a la sociedad o aislarse de ella.

Segundo: el neoliberalismo fue ideológicamente intransigente y no aceptó ninguna dilución de sus principios. Fueron su "dureza" y su radicalidad los que hicieron posible su supervivencia en un clima ideológico-político sumamente hostil a sus propuestas. El compromiso y la moderación sólo hubieran servido para desdibujar por completo los perfiles distintivos de su proyecto, condenándolo a la inoperancia.

La izquierda debe tomar nota de esta lección, siendo conciente de que la reafirmación de los principios socialistas no nos exime de la obligación de elaborar una agenda concreta y realista de políticas e iniciativas susceptibles de ser asumidas por gobiernos posneoliberales. Hayek y los suyos tuvieron estas recetas disponibles cuando el keynesianismo daba muestras de agotamiento.

Nosotros todavía no la tenemos, pero nada autoriza a pensar que los obstáculos que existen son insuperables. En los treinta fueron muchos los que dijeron que la burguesía había hallado en John M. Keynes "el Marx burgués".

Parafraseando esos dichos, podría decirse que las fuerzas populares y todo el arco social condenado por los experimentos neoliberales están a la espera de la aparición del "Keynes marxista", capaz de sintetizar la crítica al capitalismo de Karl Marx con un programa concreto de política económica capaz de sacar a nuestras sociedades del marasmo en que se encuentran. La sola exposición de las lacras y la miseria producidas por el capitalismo no bastará para hallar una salida "por la izquierda" a la crisis actual.

Tercera lección: no aceptar ninguna institución establecida como inmutable. La práctica histórica demostró que lo que parecía una "locura" en los años cincuenta -crear 40 millones de desocupados en la OECD, reconcentrar ingresos, desmantelar programas sociales, privatizar el acero y el petróleo, el agua y la electricidad, las escuelas, los hospitales y hasta las cárceles- pudo ser posible y a un bajísimo costo político para los gobiernos que se empeñaron en dicha empresa.

La "locura" de pretender acabar con el desempleo, redistribuir ingresos, recuperar el control social de los principales procesos productivos, profundizar la democracia y afianzar la justicia social no es más irreal y "utópica" que la que, en su momento, encarnó la propuesta neoliberal de von Hayek y Friedman.

Su triunfo demuestra la "insoportable levedad" de las instituciones aparentemente más consolidadas y de las correlaciones de fuerza supuestamente más estables y arraigadas. ¿O es que habremos de creer que, con el triunfo de la democracia liberal y el capitalismo de libre mercado, la historia ha efectivamente llegado a su fin?

Debemos, en consecuencia, ser conscientes de que un proyecto socialista, pensado de cara al siglo XXI, también es posible y que no es más utópico que el que prohijaron los neoliberales en los años de la posguerra. Ellos perseveraron y triunfaron. Si la izquierda persevera y tiene la audacia de someter a revisión sus premisas y sus teorías, su agenda y su proyecto político -tal cual lo hicieron Marx y Engels desde 1845 en adelante- también ella podrá saborear las mieles del triunfo y el más noble sueño de la humanidad podrá comenzar a cumplirse antes de lo sospechado.

Una curiosa coincidencia nos permite rematar este argumento acerca del "realismo" de las utopías. Es curiosa porque se produce entre dos intelectuales que difícilmente podrían estar más enfrentados entre sí: Max Weber y Rosa Luxemburgo. Recordemos que el primero, con su habitual mezcla de desprecio e irritación por los socialistas, llegó al extremo de afirmar, según lo atestigua uno de sus más importantes estudiosos, que "Liebknecth debía estar en un manicomio y Rosa Luxemburgo en un zoológico".

En 1919 y en dura lucha contra el pesimismo y la desilusión que cundían en una Alemania derrotada y desmoralizada, Max Weber tuvo ocasión de reflexionar, probablemente sin advertirlo, sobre el papel de las utopías.

Como sabemos, si había un tema muy ajeno a sus premisas epistemológicas -fundadas sobre una rígida separación entre el universo del ser y el de los valores- era precisamente la cuestión de las utopías. Sin embargo, en La Política como Vocación escribió unas líneas notables en donde reconocía que "en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez", y exhortaba al mismo tiempo a soportar con audacia y lucidez la destrucción de todas las esperanzas -y, diríamos nosotros, de todas las utopías- porque, de lo contrario, "seremos incapaces de realizar incluso aquello que hoy es posible".

Una reflexión no menos aguda había formulado -pocos meses antes y en el mismo país- Rosa Luxemburgo. En vísperas de su detención y posterior asesinato y avizorando con su penetrante mirada el ominoso futuro que se cernía sobre Alemania y la joven república soviética, la revolucionaria polaca decía que "cuanto más negra es la noche, más brillan las estrellas". Lejos de extinguirse, la necesidad del socialismo se acentúa ante la densa oscuridad que el predominio del capitalismo salvaje arroja sobre nuestras sociedades.

Son palabras hermanadas aquéllas, de dos brillantísimos intelectuales que en grados diversos coincidieron, sin embargo, en no renunciar a sus esperanzas y en negarse a capitular: Weber ante "la jaula de hierro" de la racionalidad formal del mundo moderno, Rosa ante el capitalismo y todas sus secuelas. Sus palabras sugieren una actitud fundamental que no deberían abandonar quienes no se resignan ante un orden social intrínseca e insanablemente injusto como el capitalismo y que, pese a todo, siguen creyendo que todavía es posible construir una sociedad mejor.