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27 de diciembre de 2009

Caldera: Cabeza y cola de la democracia

“No hay muerto malo”, dice el adagio popular. Y no hay tal. Lo que resulta es muy incómodo en medio de un sepelio, hablar mal del muerto, y menos cuando el entierro se lleva a cabo en nuestra propia casa.
En Venezuela acaban de realizarse las honras fúnebres del ex presidente Rafael Caldera. Tan pronto como murió, me acordé que un gran amigo mío, Álvaro Másmela, me había hecho llegar hace como un año, más o menos, un reportaje suscrito por Mario Villegas, en el periódico El Espacio, con el dirigente político Eduardo Fernández (Secretario General y ex candidato presidencial del Copei), con ácida remembranza al ilustre desaparecido.
Nadie con razón puede negar todo lo bueno que del ex presidente se anda diciendo. Pero, antes de que se pierdan en el cielo los inciensos, acompañémoslos con un poco de esas debilidades humanas que todos tenemos y llevamos por la vida.
Me interesa el caso porque, como todo lo colombo-venezolano es tan parecido, aquí también enterramos ilustres rancios como hace poco al ex presidente López Michelsen, a quien se elogiaba con marcada frecuencia como al “único que cuando hablaba ponía a pensar al país”. Y resulta que fue en su gobierno (1974/1978), cuando el país menos pensó que con su ministro de Hacienda, Rodrigo Botero Montoya, un ilustre “Chicago boys”, comenzó a abonársele el terreno al libre mercado que fatalmente prendió años más tarde con los resultados que, contrariamente por lo sabido, es cuando menos podemos callar.
Y antes de darle la voz a Fernández en ese reportaje aludido, déjenme consignar también otro candidato a cadáver que recibirá fastuosos honores y grandes loas, entre ellas las mías, si para entonces no he llegado a la fosa antes que él: el ex presidente Belisario Betancur de quien se dice que dijo que se llevará a la tumba el secreto del asalto al Palacio de Justicia en 1985, en donde fueron asesinados a manos del M-19, y ahora sabemos que también a manos del Ejército (“salvando la democracia”), la cúpula de la rama Judicial de Colombia.
Cuando escuché que Belisario (como se le dice comúnmente aquí) dijo eso, pensé que si alguna vez podía tener la oportunidad de volverlo a saludar le diría que uno puede morir por la verdad pero no morir con la verdad.
Pero, bueno, se me alargó el cuento por desembuchar esa náusea que siempre siento cuando los ilustres bajan al sepulcro envueltos en mortajas de loas, muchas de las cuales se expresan por conveniencia y aún por figuración mediática de propios y extraños.
Quizás, entre esas loas postmortem a Caldera, ahora estén las de Fernández, lo que no le restará importancia histórica a su afirmación de hace un año cuando dijo de él que (…) “Prefirió que ganara las elecciones su enemigo y adversario Carlos Andrés Pérez a que las ganara yo, porque en la campaña de 1988, sólo con haberse ido a la reserva estaba contribuyendo al triunfo de Pérez, pero además hizo muchas cosas que ayudaron a que éste ganara. Pero después, la escena más patética que he tenido en mi experiencia, es en 1999 cuando veo por televisión al presidente Caldera entregándole el poder al jefe de un golpe militar, llamado Hugo Chávez: es el fin de la república democrática y civil. Yo había estado al lado de Caldera en su primera presidencia, cuando dijo: “En mis manos no se perderá la república” y después lo vi entregándole la banda presidencial al jefe de una asonada militar golpista. Que fuera a un militar ya era grave, pero que fuera a un militar golpista era más grave todavía”.
Es decir, ese que hoy entierran en Venezuela como el adalid de la democracia, paradójicamente fue también su sepulturero en palabras de Fernández.
Me atengo a la cita y que lo demás lo debata la historia.

28 de noviembre de 2008

Julito quebró a Granahorrar

Memorias mías


OCTAVIO QUINTERO
28 – 11 – 08

Carlos Castillo Cardona recuerda en su columna de El Tiempo (26 – 11 – 08) una anécdota muy simpática sobre la quiebra del banco Pedro A. López por allá en 1926. Pero lo más simpático es que la titula “Julito, no me cuelgue”.
Permítame, don Carlos, tomarme su título (“Julito no me cuelgue”), para recordarle a Julito una anécdota de 1998 sobre la quiebra del Banco Granahorrar, de la cual fui testigo ático y se encuentra reseñada en una columna de la época publicada por El Espectador bajo mi firma.
Julito tenía en alguna emisora de RCN un programa informativo con micrófono abierto que ha sido su costumbre y su éxito. Yo era asesor de presidencia de Granahorrar.
Dicen, los que trabajaban por dentro con Julito, que cuando algún oyente llamaba a criticar alguna empresa, lo primero que preguntaba Julito a sus asesores era si la empresa en cuestión tenía pauta o no con el informativo. De eso dependía que la crítica se difundiera o no al aire.
Julito alternaba su función periodística en radio con un programa de televisión, también tipo informativo.
Julito llamaba todos los días al presidente de Granahorrar pidiéndole pauta y el ejecutivo bancario se negaba a pasarle al teléfono porque, como dicen las señoras bogotanas, le tenía tirria, y también, porque el banquero era de una arrogancia inmarcesible.
Julito, que de bobo no tiene nada, se olfateó por infidencia de un accionista del banco las discrepancias que dentro de la entidad financiera se habían establecido entre los dueños sobre el reparto de los negocios colaterales que se dan en torno al jugoso negocio de captar dineros del público.
Vean ustedes que ahora la investigación más importante sobre DMG ya no está en torno a cómo fueron sus relaciones con los ahorradores o inversionistas, como quiera llamárseles, sino a cuáles eran sus otras relaciones políticas y comerciales.
Julito entonces (el muy vivo), mandó a uno de sus camarógrafos a filmar una sucursal de Granahorrar en Bogotá que estaba en remodelación y, por supuesto, su frente se veía como si hubiera sido bombardeado (muy oportuna la toma en momentos en que Pablo Escobar había sometido a bombardeo diario a la capital del país). Luego montó la noticia que tituló: AGARRÓN ENTRE LOS DUEÑOS DE GRANAHORRAR, y mientras el periodista iba contando detalles del agarrón en off, como se dice en el argot periodístico, los televidentes iban viendo en in las “ruinas” de la sucursal en remodelación.
Al día siguiente, los clientes retiraron depósitos por más de 200.000 millones de pesos y de ahí en adelante, el pánico fue imposible de parar hasta que Granahorrar quebró.
Cuando publiqué la columna en El Espectador me llamaron algunos “amigos” de Julito a decirme que si me decidía a demandarlo por pánico económico, ellos me financiaban. Les dije que no porque mi función periodística sólo llegaba –así lo creía- hasta denunciar el hecho, y les agregué que los llamados a demandarlo por pánico económico eran los dueños del banco que se consideraran afectados.
Hasta ahí llega el cuento.
Pero, “Julito, no me cuelgue”: usted quebró a Granahorrar porque no le quiso dar publicidad.