29 de abril de 2006

Democracias modernas

¿Ignorancia o cinismo?

OCTAVIO QUINTERO

Dijo por ahí el presidente Uribe que no permitirá que Colombia entre al debate sobre las tendencias de izquierda y derecha como el resto de Latinoamérica, sino que él quiere para nuestro país una democracia moderna.

Bueno, por lo visto, el Presidente Uribe no sabe (o se hace el gringo), que las llamadas democracias modernas son las que vienen avanzando a la izquierda en cuanto que ya no solo preservan los derechos políticos y civiles de sus conciudadanos sino que les garantizan los derechos económicos y sociales que hoy en día forman parte sustancial de la libertad individual real de que puedan gozar las personas y la sociedad. Porque, es evidente que si la gente no tiene garantizados unos derechos económicos, como el trabajo; y unos derechos sociales como salud y educación, queda a merced de una clase dominante capaz de coartarle la otra parte de su libertad enmarcada en sus derechos políticos y civiles.

Tenemos fresca aún la revuelta de los jóvenes franceses que hicieron retroceder la decisión del llamado ‘primer empleo’, una medida eminentemente derechista concebida en la flexibilización laboral que le hubiera permitido a los empleadores disponer del derecho al trabajo de la gente al arbitrio de su propia voluntad.

Si en los albores de los años 90, cuando Colombia entró en la onda neoliberal, hubiésemos tenido una clase dirigente sindical capaz de cerrarle el paso a las reformas laborales que empezaron por tumbar la retroactividad de las cesantías, otro sería el presente de una clase laboral empobrecida y vejada por los empleadores en lo que, al parecer, es lo que el presidente Uribe considera una democracia moderna.

La otra cosa por la cual el Presidente puede considerar su política como propia de una democracia moderna es su seguridad democrática que, al cabo de cuatro años ni es segura, porque a la gente la siguen matando a la carta, es decir, a la hora que quieren y a los que quieren los grupos al margen de la ley; ni es democrática porque nunca el país se había visto más cuestionado sobre el respeto a los Derechos Humanos y al Derecho Internacional Humanitario como en el presente gobierno.

La respuesta al fracaso de la seguridad democrática, que parece es su carta más fuerte a la reelección presidencial, nos la acaba de dar Noam Chomsky en su último libro, "Estados fracasados: el abuso de poder y la agresión a la democracia", en el que expone como única salida posible la necesidad de combatir el terrorismo mediante soluciones de corte diplomático y económico en lugar del uso de la guerra; y disminuir los gastos militares para reorientar esos fondos hacia la esfera social a riesgo de convertir al país en un “Estado villano y fracasado”.

Bueno, sobran explicaciones para entender que si en nuestro país, Uribe busca la reelección para continuar con su política de ‘Seguridad Democrática’, entonces, lo que estarían eligiendo los colombianos que voten por él, sería continuar con una guerra que, junto con la deuda externa, consumen cerca del 70 por ciento del presupuesto nacional, mientras vemos crecer el desempleo, el déficit de vivienda, la desescolarización de los jóvenes y los paseos de la muerte, junto al desplazamiento de las familias campesinas y, en general, más sangre y lágrimas de colombianos que, independientemente del bando a que pertenezca, ven caer en flor la vida de sus soldados, guerrilleros y paramilitares.

Parece tan sencillo entender la propuesta de Chomsky, que no requeriría mayor explicación, si no fuera porque son muchos los colombianos que se la juegan con Uribe dizque porque en el pasado gobierno de Pastrana, la diplomacia fracasó.

Es cierto que Pastrana dialogó con las Farc, pero mezquinamente no lo hizo desde un punto de vista de conveniencia nacional sino electoral, cuando se abrazo con él; y personal, cuando eternizó un diálogo con las Farc que buscaba, no la paz para Colombia sino el Nobel para él.

“Tocar no es entrar”, dice un viejo refrán que, parodiándolo, podría ser algo así como que dialogar no es negociar. Las partes que negocian algo, se pueden quedar toda la vida dialogando, si no tienen una intención real de negociar. Y en ese diálogo de Pastrana con las Farc, el Estado nunca tuvo la intención de negociar porque ante las peticiones de la guerrilla, plasmadas en una carta de intención de 10 puntos que comenzaba con una profunda reforma agraria para la construcción de un país en el que “quepamos todos”, decían, ni siquiera se les respondió si había voluntad política de hacer esa reforma agraria. Claro que al cabo de estos cuatro años de Uribe, ya podemos respondernos que ni antes ni ahora, hay voluntad política de hacer una reforma agraria porque, entre otras cosas, ya no solo afectaría a los terratenientes que siempre se han opuesto, sino a los paramilitares (brazo armado de los terratenientes) que hoy se encuentran incrustados en el Gobierno, en el Congreso y en la Justicia.

Estamos a tiempo de detener el proceso criminal de un gobierno que sólo sabe echar bala, rodeado por un equipo de trabajo que, bajo el lema de trabajar, trabajar y trabajar, efectivamente trabaja noche y día en defensa de los cada vez más indefensables intereses de la clase económica dominante.

Si esa es la democracia moderna de que habla Uribe, no la quiero

18 de abril de 2006

Washington sin consenso

Nota de MIS-XXI

El autorizado Nóbel de Economía, Joseph Stiglitz, suma su voz a la idea de que no puede haber un modelo universal de desarrollo económico como, por ejemplo, el libre mercado que pretende imponer a manera de dogma el neoliberalismo.

Tomando a China como prototipo, de la que todo el mundo anda asombrado por su espectacular crecimiento de los últimos 12 años, Stiglitz muestra como, buena parte del éxito se debe a que ha sabido regular y orientar su desarrollo y consecuente crecimiento económico en beneficio de su voluminosa población: 1.300 millones de habitantes, lo que representa la cuarta parte de los seres humanos.

Hablando concretamente del libre mercado, el Nóbel advierte que no se puede dejar avanzar “en piloto automático”. Es decir, el capitán siempre tendrá que estar al frente del timón con el fin de evitar que los beneficios sigan la tendencia darwinista del más fuerte.

Lo interesante de este análisis estriba en la idea de que cada país, o quizás, cada región, cuyas características puedan asociarse en un modelo de desarrollo que le asegure a la gente, tanto sus derechos políticos y civiles como los económicos, sociales y culturales, requiere de un modelo propio, es decir, adecuado a sus propias fortalezas y debilidades.

El artículo de Stiglitz ha sido tomado de su publicación en el semanario El Espectador, en su edición del 18-04-06, sección de opinión.

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La hoja de ruta de China

Joseph Stiglitz*

China está a punto de adoptar su undécimo plan quinquenal, fijando el escenario para la continuación de quizás la más notable transformación económica de la historia, mientras mejora la situación material de casi un cuarto de la población mundial. Nunca antes el mundo había visto un crecimiento así de sostenido; nunca antes ha habido un nivel tal de reducción de la pobreza.

Parte del prolongado éxito de China ha sido su combinación casi única de pragmatismo y visión. Mientras gran parte del mundo en desarrollo, siguiendo las directrices del Consenso de Washington, se ha orientado a una quijotesca cruzada por un mayor PIB, una vez más China ha dejado en claro que busca aumentos sustentables y más equitativos en los estándares de vida reales.

China se da cuenta de que ha entrado en una fase de desarrollo económico que significa enormes -e insostenibles- exigencias sobre el medio ambiente. A menos que haya un cambio de rumbo, los estándares de vida terminarán viéndose afectados. Por esta razón, el nuevo plan de cinco años pone gran énfasis en el medio ambiente.

Varias de las zonas más atrasadas de China han estado creciendo a un ritmo que sería prodigioso, si no fuera por el hecho de que algunas partes del país están creciendo incluso más rápido. Si bien esto ha reducido la pobreza, ha aumentado la desigualdad, con cada vez mayores disparidades entre las áreas rurales y urbanas, y entre las zonas costeras y el interior.

El Informe de Desarrollo del Banco Mundial de este año explica por qué la desigualdad -y no sólo la pobreza- debe ser una preocupación, y el undécimo plan quinquenal de China ataca el problema de frente. Por varios años el gobierno ha hablado de una sociedad más armoniosa, y el plan describe ambiciosos programas para lograrlo.

Además, China reconoce que lo que separa a los países menos desarrollados de los desarrollados no es sólo una brecha en los ingresos, sino también una brecha en el conocimiento. De modo que ha diseñado un audaz plan no sólo para reducirla, sino además crear una base para la innovación independiente.

El papel de China en el mundo y en la economía mundial ha cambiado, y el plan también lo refleja. Su crecimiento futuro tendrá que estar basado más en la demanda interna que en las exportaciones, lo que exigirá un aumento del consumo. De hecho, China tiene un problema poco común: un nivel de ahorro excesivo. La gente ahorra en parte debido a la debilidad de los programas de seguridad social del gobierno; el fortalecimiento de la seguridad social (pensiones) y la salud pública simultáneamente reducirá las desigualdades sociales, aumentará la sensación de bienestar de los ciudadanos y promoverá el consumo actual.

Si tienen éxito (y hasta ahora China ha superado incluso sus propias expectativas), estos ajustes pueden significar enormes presiones sobre un sistema económico global que ya se encuentra descompensado debido a los enormes desequilibrios fiscales y comerciales de E.U. Si China ahorra menos -y si, como han anunciado sus autoridades, busca llevar a cabo una política más diversificada de inversión de sus reservas-, ¿quién financiará los más de $2 mil millones diarios de déficit comercial de E.U.? Se trata de un tema para otra ocasión,

pero puede que ese día no esté muy lejos.

Con una visión así de clara sobre el futuro, el reto será implementarla. China es un país grande y no podría haber logrado el éxito que ha tenido sin una descentralización generalizada. Pero las descentralizaciones plantean sus propios problemas.

Por ejemplo, los gases de invernadero son problemas globales. Mientras E.U. dice que no se puede permitir hacer nada al respecto, las altas autoridades de China han actuado de manera más responsable. Dentro del mes posterior a la adopción del plan, se impusieron nuevos impuestos ambientales sobre los automóviles, la gasolina y los productos forestales. China utilizó mecanismos basados en el mercado para abordar los problemas medioambientales suyos y globales. Sin embargo, las presiones sobre las autoridades de los gobiernos locales para que creen crecimiento económico y empleos serán enormes. Se verán muy tentados a aducir que si E.U. no puede producir de un modo que preserve el planeta, ¿cómo podrían hacerlo ellos? Para traducir su visión a acciones, el gobierno chino necesitará sólidas políticas, como los impuestos medioambientales que acaba de aplicar.

Al avanzar hacia una economía de mercado, China ha desarrollado algunos de los problemas que han afectado repetidamente a los países desarrollados: intereses particulares que disfrazan sus argumentos egoístas tras un tenue velo de ideología de mercado.

Algunos argumentarán a favor de la economía del chorreo: no nos preocupemos por los pobres, ya que finalmente todos terminarán beneficiándose del crecimiento. Y algunos se opondrán a las políticas sobre competencia y a la existencia de sólidas leyes sobre el manejo de las corporaciones: dejemos actuar la ley de la supervivencia darwiniana. Se plantearán argumentos centrados en el crecimiento para oponerse a la existencia de políticas sociales y medioambientales sólidas: por ejemplo, se dirá que "si suben los impuestos a la gasolina, eso significará la asfixia de nuestra naciente industria automotriz".

Estas supuestas políticas pro-crecimiento no sólo no lo crearían, sino que pueden amenazar la visión misma del futuro de China. Hay una sola manera de evitarlo: un debate abierto de las políticas económicas, con el fin de poner al descubierto las falacias y dar espacio para que surjan soluciones creativas a los muchos retos que enfrenta China hoy en día. George W. Bush ha demostrado los peligros de un secretismo excesivo y de limitar la toma de decisiones a un estrecho círculo de adeptos. La mayoría de la gente fuera de China no aprecia hasta qué grado sus líderes, en contraste, se han involucrado en largas deliberaciones y amplias consultas (incluso con extranjeros) en sus esfuerzos por solucionar los enormes problemas que enfrentan.

Las economías de mercado no se regulan por sí mismas. No se pueden simplemente dejar en piloto automático, especialmente si uno quiere asegurarse de que todos disfruten de los beneficios. Sin embargo, no es fácil administrar una economía de mercado. Como un malabarista, se debe responder constantemente para equilibrar los cambios económicos. El undécimo plan quinquenal de China da una hoja de ruta para esa respuesta. El mundo observa con asombro y esperanza a medida que las vidas de 1,3 mil millones de personas continúan transformándose.

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*Premio Nobel de Economía, profesor de economía en Columbia

University. c. Project Syndicate, 2006.

17 de abril de 2006

El dilema de la paz

Nota de MIS-XXI

Le Monde Diplomatique (edición Colombia), en su No. 44, hace un somero análisis de los procesos de paz adelantados desde Rojas Pinilla hasta Uribe y sostiene algo que, quizás, pocos han tenido en cuenta a la hora de preguntarse por qué el país no ha logrado la paz ni por las buenas ni por las malas. Suscrito por Carlos Gutiérrez, el comentarista reitera que en todos esos procesos el establecimiento nunca ha dicho lo que estaría dispuesto a sacrificar por la paz. Es desde ese punto de vista que adquiere relevancia este comentario que acogemos dentro de los materiales que inspiran la visión de MIS-XXI: aproximarnos a una integración social con justicia y equidad.

Remite para MIS-XXI, la cofundadora, Lilia Beatriz Sánchez.

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Dilema histórico

Colombia: elecciones presidenciales

Por: Carlos Gutiérrez

Vida o muerte. Guerra o paz. El dilema al cual se enfrenta la sociedad colombiana el próximo 28 de mayo es de un inmenso tamaño y significado. Tal vez de un radicalismo no conocido hasta ahora, a pesar de la guerra que ha marcado durante tantas décadas a esta misma sociedad.

Hace cuatro años, cuando el ahora presidente Uribe se presentó como candidato, les ofreció paz a los colombianos. Lo hizo cabalgando sobre el fracaso del modelo de negociación política sostenido por el gobierno de Andrés Pastrana con las Farc. Tres años sin resultados habían desanimado a la sociedad colombiana. La televisión mostraba a una guerrilla en crecimiento, con innumerables miembros. Sus acciones ofensivas en varias regiones del país hacían fácil enrostrarles el fracaso del proceso acordado con el gobierno de turno.

El tema era más complejo. La verdad fue que nunca se aprobó una agenda de negociación real. Esos años de discusiones no evidenciaron la real disposición del establishment, es decir, no se conoció hasta qué punto éste se encontraba dispuesto a avanzar en una negociación o, en otras palabras, qué parte de su poder estaba dispuesta a ceder.

En esas condiciones, lo que conocimos los colombianos por conducto de los medios de comunicación no fueron más que informaciones parciales, manipuladas por la Presidencia y aprovechadas oportunamente por el otrora candidato y ahora Primer Mandatario con ímpetus de reelección. Candidato que tuvo despejado su camino desde el 20 de febrero de 2002, cuando Andrés Pastrana cerró la zona de despeje del Caguán.

Desde ese momento, el modelo de una paz sobre la derrota militar de la insurgencia ganó todo el terreno. El candidato Uribe no se equivocaba. La sociedad seguía anhelando la pacificación, y la deseaba a cualquier precio. Se trataba de aprovechar y presentar en forma adecuada una serie de sucesos acumulados en tres años de fracasos, y todo se daría. Y se dio.

Vino el turno para el nuevo gobierno. Y la cabeza de ese gobierno también tuvo cuatro años, al final de los cuales la paz con derrota militar tampoco se ha dado. Álvaro Uribe no puede ocultar que ha contado con todas las herramientas del Estado para aplicar su proyecto. El presupuesto militar ha crecido año tras año, y las fuerzas militares, con dirección del ejército de los Estados Unidos, tras el Plan Patriota, se han concentrado en el Sur del país. El sistema judicial se ha orientado para aplicar mano dura, y los medios de comunicación no le han negado ni una oportunidad para hacer alarde de sus políticas. En fin, el país ha marchado a su ritmo.

Y sin embargo, el incumplimiento es inocultable. Ahora, en pleno 2006, tras la muerte de cientos de guerrilleros y soldados, tras el encarcelamiento de centenares de connacionales puestos en libertad posteriormente por “falta de pruebas”, con el desplazamiento campo-ciudad incólume, con decenas de desaparecidos que acosan la conciencia del Príncipe, con la ‘negociación’ paramilitar que se manifiesta nítidamente día a día en sus reales pretensiones y resultados, colmada por tanto de numerosos interrogantes, se puede aseverar que en Colombia estamos igual o peor que en 2002 en asuntos de política de paz.

Es inocultable. La paz sobre el polvo de la derrota de la insurgencia no se dio. Políticos del orden regional y nacional, policías, militares y ‘contratistas’ de los Estados Unidos siguen bajo el poder de la guerrilla. Tenemos un Presidente derrotado y que ha incumplido la principal bandera de su gobierno, y no obstante aspira a la reelección. Afanado por la evidencia, aspira –como Ernesto Samper en su rincón*– a que una acción militar lo salve. Pero las fuerzas que le apoyan están tensas al máximo para que así sea. Cierran espacios políticos y presionan sin descanso. Son múltiples las denuncias desprendidas de las pasadas elecciones del 12 de marzo que evidencian la falta de garantías para ejercer la oposición en Colombia, pero además las listas con amenazas que circulan y la desaparición de Jaime Gómez, asesor de la senadora Piedad Córdoba, confirman que entre guerra y paz hay todo un país sumido. ¿Cuál será ahora su promesa?

Modelos desgastados

Ni paz fácil ni paz con derrota militar. Esta pudiera ser la máxima a la que se llegue después de recorrer las distintas políticas de paz desarrolladas en Colombia a lo largo del último medio siglo.

Políticas de paz fácil (desarme acordado de la insurgencia) se pusieron en marcha con Rojas Pinilla, Belisario Betancur, Virgilio Barco, César Gaviria y Andrés Pastrana. Guardadas las proporciones, ninguno de estos procesos comprometió exactamente lo que es el poder real en Colombia (ni tierra ni modelo industrial ni propiedad del suelo urbano ni fuerzas armadas ni gobierno, por sólo mencionar unos temas). Lo máximo que se debió ceder tuvo que ver con la apertura política, es decir, con más democracia formal.

Políticas de paz con derrota militar intentaron Guillermo León Valencia, Julio César Turbay y Álvaro Uribe. Al final de sus períodos, todos estos gobiernos dejaron unas guerrillas más desarrolladas y más cohesionadas, producto de la persecución de que eran objeto.

Quebrado el modelo de derrota militar, a lo que se enfrenta la sociedad colombiana es a un importante interrogante: ¿Más de lo mismo?

Estamos obligados por tanto –si queremos reconstruir nuestro país– a exigir de quienes aspiran a ponerse al frente de esta sociedad que reconozcan los innumerables errores cometidos en estas cinco largas décadas de mezquindad y se replanteen nuevas formas de acción. Y ese proceso debe empezar por aceptar, del lado Ejecutivo, que no es posible la paz si no se construye sobre un modelo real de justicia social. Recorrer las causas ciertas que llevaron a que guerrilleros otrora liberales, estimulados y sostenidos por sus dirigentes desde Bogotá, no se desmontaran pese a las órdenes recibidas, embarcándose en un proyecto de guerra revolucionaria, es una condición indispensable para superar el ideologismo y los modelos edificados en juegos de escenario desde las oficinas de los halcones.

Es cierto que las cosas cambian, y en el conflicto nacional hay factores nuevos que enturbian su comprensión y su resolución, pero también es cierto que en su transfondo las circunstancias son las mismas: una sociedad hondamente polarizada, con inmensas desigualdades, con un modelo concentrador e inequitativo, con miles de campesinos desconocidos en sus necesidades, pero asimismo con dirigentes que piensan el país desde la comodidad de la ciudad y sus fortunas.

En esencia, es simple el problema y relativamente sencillo resolverlo. Cuando los Estados Unidos deciden transformarlo en un problema de terroristas, y ahora cuando van más allá y lo minimizan a problema de “narcotraficantes”, se hace nítida la carga ideológica que empeña a los políticos responsables de la supuesta resolución de nuestra cotidianidad, lo cual nos exige precisar los nuevos temas por afrontar en una política de paz: cultivos de uso ilícito, drogas, extradición, intercambio humanitario, son algunos de estos nuevos temas sin los que no es posible desbloquear nuestro viciado pasado y nuestro manipulado presente. Pero pegados a estas temáticas siguen vigentes otras como reorganización territorial, autonomía regional, presidencialismo, propiedad de la tierra, reconversión industrial, soberanía. Y ahora, para echarle más leña al fuego, libre cambio con Estados Unidos. Paralelo a todo lo cual marcha el cese de hostilidades.

Crear las condiciones de confianza para que el país recupere la disposición a desmontar el conflicto es la primera obligación de un mandatario que de verdad esté por la paz y se la juegue por ella. Tal vez unas medidas económicas que valoren el esfuerzo diario de los más pobres del país ayuden a ello. Políticas en servicios públicos, salud, educación, empleo, que tomen en cuenta a los millones que están en la línea de pobreza y por debajo de la misma, pudieran despertar el fervor que se requiere para abordar una paz justa e integral, que va mucho más allá de quienes están alzados en armas y que tiene que ver desde el principio con el tema ¿para quién se gobierna?, así como con el propósito estratégico ¿qué país se desea y cómo se obtiene?

Recuperar la dignidad del conjunto de los colombianos es el otro paso por dar, para que aflore la voluntad de participación en todo el país. Para lograrlo es obligatorio asumir a Colombia como nación capaz y soberana. Y para que así sea hay varias medidas urgentes por adelantar: recuperar con los Estados Unidos unas relaciones entre iguales y de respeto, dignificando al mismo tiempo nuestro papel histórico en la región; recuperar la justicia nacional, negando la extradición de más colombianos; valorar nuestro medio ambiente e igualmente a quienes habitan las regiones más ricas en diversidad de nuestro territorio, parando las fumigaciones de los cultivos de uso ilícito. Estos y otros temas son necesarios. Pero se requiere grandeza, mucha grandeza.

Los candidatos a la Presidencia de la República en Colombia, ajenos a la propuesta de paz con tierra arrasada, debieran, como mecanismo para enrutar al país hacia un futuro cierto, firmar un acuerdo por encima de sus partidos y de pretensiones personales, disponiendo en el centro de sus agendas que más allá de quien llegue a la Primera Magistratura se obligará a poner en marcha una política de paz profunda y de calado estratégico. Una política más allá del partido vencedor, y, para que así se entienda, conformará con los partidos perdedores, liderados por sus candidatos, un Gabinete de inclusión y unidad nacional que la haga realidad.

Un proyecto social así debiera poner en marcha y de inmediato, una vez que se gane el gobierno, unas medidas económicas, políticas y sociales para una paz justa. Así, por fuera del espejismo de una mesa de diálogo de paz fácil –desbaratadas por sucesivos gobiernos y desbaratada totalmente por Uribe y sus acuerdos en Santa Fe de Ralito–, se pudiera disponer de las mejores condiciones para un “cese bilateral de fuegos”. El triunfo electoral de la oposición, paralelo a los cambios que vive el continente, y también a la derrota del Plan Colombia y su fase de Plan Patriota, bien puede despojar de argumentos o razones cualquier disparo insurgente.

Paz o guerra, vida o muerte, están en las manos de los colombianos.

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* En mayo de 1995, Ernesto Samper, acosado por el origen caliente de sus dineros, le exigió al general Rozo José Serrano, comandante de la Policía Nacional, que antes del 20 de julio tuviera entre rejas “al menos a unito” del Cartel de Cali. En efecto, Serrano capturó a Gilberto Rodríguez Orejuela y Samper culminó su mandato.

11 de abril de 2006

Filosofía de la vida

HONORIS CAUSA A JOAN MANUEL SERRAT

'Quien se dedica a una profesión que le hace feliz, más que un mérito tiene una bendición'

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De atardecer de verano e ímpetu juvenil, de justicia y libertad, habló Joan Manuel Serrat al recibir un Honoris Causa de la Complutense de Madrid.

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Antes que nada, quiero agradecer esta distinción con la que me honran.

Aunque mi amigo Rafael Azcona sostiene la teoría de que los premios han de ser secretos y fuertemente dotados, este es distinto y especialmente agradable, porque es uno de los que podré presumir ante mis hijas y mis paisanos: ya saben que a los catalanes no hay cosa que nos guste más que ganar en Madrid.

Además, debo confesarles que me gustan las razones que se argumentan para concederme hoy este honor. Se desprende de ellas que les caigo bien y que ha sido un amigo el que ha montado este festejo.

Según palabras de otro buen amigo, José Luís García Sánchez, se ponen ustedes tan estupendos en los méritos considerados, que la distinción, según él, casi sabe a poco; y añade que, de ser verdaderos tales méritos, me debían, además, hacer duque de Pueblo Seco y regalarme una vajilla de doce servicios. Incluso concluye que ustedes no encontrarían descabellado que, en un ataque de vanidad, le hiciese una OPA a Joaquín Sabina.

Probablemente, las virtudes que se me atribuyen son algo exageradas. Pero digo yo que no habré sido un arbusto tan torcido cuando me han dado el birrete.

Quizá la forma más coherente de agradecer este honor fuera el componer para ustedes una copla del tipo ‘Birrete, ay, mi birrete...", de rima agradecida, aunque un poco fuera de lugar.

Bromas aparte, ahora espero que entiendan y respeten mi derecho a defenderme de tanto halago.

Yo aprendí el oficio de hacer canciones y cantar de otros que antes lo aprendieron de otros, y me hace feliz pensar que tal vez con mi trabajo he podido ayudar al aprendizaje de los que siguen.

Si he contribuido poética y musicalmente a dignificar la canción, me parece fantástico que ustedes, contemporáneos míos, me lo hagan saber y me siento muy halagado de que me lo agradezcan.

La gratitud no es una virtud frecuente; más bien lo contrario. La historia está llena de hombres que mucho han contribuido en este u otro aspecto de la vida y que no han recibido a cambio más que el desprecio y la ingratitud de sus contemporáneos, aunque coincidirán conmigo en que un hombre que disfruta del privilegio de dedicarse a una profesión que le hace feliz, que hace lo que le gusta hacer, que le pagan por hacerlo y que además constantemente percibe que la gente le quiere, más que un mérito tiene una bendición.

Y este es mi caso.

También me alegra que conste entre los méritos que se me atribuyen el de haber contribuido a la difusión de la obra de grandes poetas españoles, pero les confieso que, al musicar poemas de Antonio Machado, de Miguel Hernández y de otros maestros, no era exactamente esa mi intención.

Lo hice porque sus poemas me conmovieron. Lo hice siguiendo el camino de otros que lo hicieron antes que yo, como Paco Ibáñez, como Raimón, como Alberto Cortez y algún otro más. Lo hice porque los versos sonaban a canciones. Canciones bellas e inteligentes que a mí me hubiese gustado escribir.

No se si ellos, los grandes musicados, estarán de acuerdo con lo que se ha hecho con su obra, ni con lo que se ha dicho aquí al respecto. Realmente seria interesante conocer su opinión.

En mi defensa les diré que una de las mayores satisfacciones que tuve cuando grabé aquellas canciones con versos de Antonio Machado fue una carta del gremio de libreros de Madrid en la que se me agradecía, después del éxito del disco, mi contribución a que las ventas de los libros del poeta se multiplicaran.

Decía Xavier Regás, afamado crítico teatral barcelonés y padre de amigos tan entrañables como Oriol, Xavier, Georgina y Rosa Regás, que un hombre culto en Barcelona, allá por los 70, era aquel que conocía la existencia de Antonio Machado antes de que Serrat hubiese puesto música a algunos de sus poemas.

No le faltaba razón. He conocido a alguno que discutía de Machado sin haber leído jamás un poema suyo, solo porque había oído el disco: opinaban de la película y solo habían visto el trailer.

La carta del gremio de libreros tranquilizó mi conciencia, en el sentido de que mi trabajo tal vez sirvió para algo más que para darle una capa de pintura a la ignorancia.

También me gusta la idea de haber contribuido a normalizar el catalán o, mejor dicho, a devolver la normalidad al catalán. Aunque en mi caso no hay que darle mucha importancia porque, aparte de ser catalán, ejerzo de tal, y para mí expresarme en catalán ha sido algo tan natural como que crezcan las uñas.

Si hay que agradecer a alguien su contribución a la normalización del catalán, hagámoslo con quienes han peleado por defender el derecho propio o ajeno, sobre todo el derecho ajeno, por devolver la normalidad a una lengua y una cultura que solo la intolerancia, la ignorancia y el rencor marginaron.

Soy bilingüe, como los reptiles.

Aunque me reconozco catalán, soy mestizo; y, por mi origen, escribir y cantar en castellano es también una manera natural de expresarme a la que no estoy dispuesto a renunciar, de la misma forma como jamás pensé en dejar de escribir y cantar en catalán.

Si alguna vez alguien me preguntó en cual de las dos lenguas me expresaba mejor, mi respuesta fue que siempre me expreso más a gusto en la que me prohíben hacerlo.

Tal vez ustedes, al premiarme con este doctorado, han querido contribuir al esclarecimiento de uno de los misterios de la metafísica patriótica o, en términos de Antonio Machín, a resolver el dilema de:

Cómo se pueden tener dos idiomas a la vez y no estar loco.

Seguro que en esto habrá quien tenga otro punto de vista tan legítimo como el mío. Pero en lo que supongo que estarán de acuerdo conmigo es en que el hombre, al defender los valores democráticos, al enfrentarse a la discriminación y la intolerancia, al defender la riqueza del pensamiento libre y plural, no hace otra cosa que actuar en defensa propia.

Reivindico valores como la libertad y la justicia como un algo único, pues no hay libertad sin justicia, ni justicia sin libertad.

Lo hago frente a la preponderancia aplastante del dinero, valor supremo por el que se miden y se valoran las cosas y las gentes.

Reivindico la justicia y la libertad, porque reivindico la vida.

Reivindico a la humanidad en su sentido más amplio.

Reivindico a los humanos y a la naturaleza, que nos acoge y de la que formamos parte.

Reivindico el realismo de soñar en un futuro donde la vida sea mejor y las relaciones más justas, más ricas y positivas, y siempre en paz.

Y sobre todo, como un derecho que todo lo condiciona, reivindico el conocimiento como el pilar fundamental que nos sustenta y que nos caracteriza positivamente como especie.

Que esto sea digno de reconocimiento es algo que debería hacernos reflexionar acerca del mundo en que vivimos y de los valores que lo mueven.

Como decía el profesor Casares, cuando hablamos del canto y de quien lo practica hablamos de un arte que ha vertebrado la sociedad.

Yo escribo canciones para expresarme, pero también para comunicarme.

Los argumentos de mis canciones están en mí, pero también están alrededor de mí.

Son lo que yo siento, pero también son lo que me cuentan los demás.

Son lo que yo soy, pero también lo que me gustaría ser.

Son mi realidad, pero también mi fantasía.

Las canciones viven en la memoria personal y colectiva de las gentes.

Las canciones viajan y nos transportan a tiempos y lugares donde tal vez fuimos felices.

Todo momento tiene una banda sonora y todos tenemos nuestra canción, esa canción que se hilvana en la entretela del alma y que uno acaba amando como se ama a sí mismo.

Tal vez alguno de ustedes ahora este pensando: "Por su culpa, Serrat, me casé con el que hoy es mi esposo -o mi señora-… estábamos un atardecer de verano en la playa, cuando empezó a sonar su canción…etcétera…". Por favor: eso no es culpa de mis canciones, sino de sus atardeceres de verano y de sus ímpetus juveniles.

Así son algunas canciones. Personales e intransferibles.

Otras aglutinan un sentimiento común y se convierten en himnos. Entonces dejan de pertenecer al autor para ser de todos.

Me complace que hayan valorado ustedes esta parcela de la poesía que es la canción popular, que, además de algunas otras cosas, es una forma de acceder al conocimiento del mundo. Les puedo jurar que en la composición y en la ejecución de algunas canciones populares hay hallazgos tan definitivos como el teorema de Pitágoras o las virtudes del ácido acetilsalicílico para combatir la cefalea.

Dice el refrán que "quien canta, su mal espanta". Y es cierto. Cantando compartes lo que amas y te enfrentas a lo que te incomoda. Conjuras los demonios y conviertes sueños en modestas realidades.

Yo canto por el gusto de cantar. Cantar me da placer. Por eso, para mí, tener el oficio de cantar es un privilegio.

Aparte, siempre te dan mesa en los restaurantes.

Estoy seguro de que, por encima de todos los considerandos que se enumeran, esta distinción es el fruto de algo tan simple y preciado como el cariño. Así lo entiendo y lo agradezco.

Si para algo vale la pena vivir es para querer y ser querido. Es lo que mueve mis pasos.

Probablemente, a lo largo de mi vida no haya hecho otra cosa que lo que estoy tratando de hacer ahora mismo: que me quieran mis amigos. Y tener cada vez más. Que es la única acumulación que merece la pena en la vida y por la que no se pagan impuestos.

Muchas gracias

abril de 2006

10 de abril de 2006

La izquierda se acerca

Nota de MIS-XXI

Hace más de sesenta años, el ex presidente colombiano, Alfonso López Pumarejo, de quien se dice fue el inspirador de “La revolución en Marcha”, advirtió que las ideologías de los partidos liberal y conservador se juntaban en el horizonte a tal punto que era difícil encontrar la diferencia.

Esa metamorfosis ideológica sirvió de base al Frente Nacional que gobernó al país por 30 años durante los cuales se confirmó que liberales y conservadores eran “los mismos con las mismas”, como también alcanzó a develarlo hace más de medio siglo el inmolado líder Jorge Eliécer Gaitán, a quien la historia, y para su eterno descanso, debiera deslindarlo del partido liberal y reconocerlo como el dirigente socialista que más cerca estuvo del poder en Colombia.

Después de Gaitán, la izquierda en Colombia ha recorrido un camino entre el anonimato y el romanticismo de poetas, escritores y cantantes; y cuando ha intentado asomar la cabeza nuevamente al escenario político, el sistema se la ha cercenado en una serie de crímenes de Estado que todos ellos permanecen en la impunidad.

Hasta la reciente aparición del Polo Democrático, la izquierda en Colombia no pasaba de 50.000 votos en cabeza del maestro Gerardo Molina con lo que, unas veces sí y otras no, como las luces intermitentes, iban y salían del Congreso una o dos golondrinas, sin adioses al partir o abrazos al regreso.

Por tanto, el millón y pico de votos que el Polo sacó en las pasadas elecciones es algo que sirve para destapar champagne. Y el triunfo de Carlos Gaviria refuerza la posición de izquierda, al menos teóricamente.

Sin sobresaltos e imprevistos a la vuelta de esta página, pudiera pensarse que Colombia ha entrado en la onda de una alternativa de gobierno distinta a la receta de “los mismos con las mismas” que, como se ve al cabo de estos años, han terminado todos en el mismo cuarto y metidos en la misma cama del neoliberalismo.

Desde ese punto de vista, el resultado de las elecciones pasadas no es tan trágico si, como parece, hemos empezado a entender que, primero, como en el viejo dicho, en el partido liberal ni son todos los que están ni están todos los que son; segundo, que ser de izquierda nada tiene que ver con afectos o desafectos a los guerrilleros y paramilitares; tercero, que la cultura política ha avanzado en el país en cuanto que mucha gente ya empieza a hacer la diferencia entre derecha e izquierda y, por último, que a lo largo de todos estos años la sociedad colombiana ha sido administrada por una ‘mentira organizada’ que llamamos democracia.

En todos estos sentidos, les recomendamos la atenta lectura de la siguiente entrevista concedida por el candidato presidencial del Polo, Carlos Gaviria, a la revista Semana.

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‘Uribe nos situaría en el siglo XVIII’

SEMANA (S): ¿Tiene sentido una candidatura de izquierda en un país derechizado?

CARLOS GAVIRIA (CG): Es muy importante. La izquierda que ha mantenido tantas controversias se ha logrado unir y obtuvo más de un millón de votos en la consulta. Esta es una propuesta terapéutica para un país embelesado con las propuestas del doctor Uribe, a pesar de que no han sido tan efectivas como él cree. Hay que mostrarle a la gente cómo es la realidad y cómo es de distinta al mundo virtual que Uribe ha construido para hacerles creer a los ciudadanos que allá es donde viven.

S: Pero en temas como la seguridad hay avances indiscutibles.

CG: A mí no me parece. Las caravanas de 'Vive Colombia viaja por ella' custodiadas por carros tanques del Ejército no me dan la idea de seguridad democrática, sino al contrario: que no hay seguridad en esos lugares. Los resultados son muchísimo más reducidos de lo que se dice. Una política seria tiene como sustancia la defensa de los derechos humanos y en Colombia se han deteriorado.

S: La pregunta es si la izquierda es viable ¿Su candidatura es simbólica, como la de Gerardo Molina hace 25 años?

CG: Las condiciones han cambiado. Gerardo Molina tuvo 88.000 votos en el 82 y nosotros ya en la consulta pusimos más de un millón. Esa cifra revela que la propuesta puede tener posibilidades de convertirse en una opción seria de poder. Además, independientemente de los resultados electorales, tenemos la intención de trascender la coyuntura. Nuestro proyecto es de largo alcance.

S: ¿Antes de entrar a la política, había reflexionado sobre el papel de la izquierda en el país?

CG: La candidatura de Gerardo Molina la propuse yo desde la única militancia política que había tenido, en el movimiento Firmes, por razones parecidas a las que acabo de mencionar. Las candidaturas de la izquierda eran siempre marginales y siempre apelaban a una figura de afuera, tomada de los partidos tradicionales. Propuse al maestro Molina que sí procedía de la propia izquierda y era un verdadero símbolo. Para mí ha sido una preocupación constante que en Colombia no haya propuestas políticas alternativas.

S: ¿Por eso dice que no hay democracia en Colombia?

CG: Eso hace parte de mi argumento, pero no es la razón más importante. Hace mucho tiempo, Alfonso López Pumarejo dijo que las fronteras entre los partidos estaban nubladas y de eso fue una prueba el Frente Nacional. Después, la situación fue cada día peor. En todos los grandes temas nacionales -la pena de muerte, la intervención del Estado en la economía, la separación de la Iglesia y del Estado-, hay opiniones enfrentadas dentro del liberalismo y del conservatismo.

S: ¿No es exagerado concluir por eso que no hay democracia?

CG: Le hago una pregunta: si la democracia es el gobierno de las mayorías, ¿cómo es posible que las mayorías estén desprotegidas y se encuentren en la pobreza o en la miseria?

S: Pero la izquierda, tiene, por ejemplo, una posición unificada contra la lucha armada?

CG: Uno de las grandes obstáculos que ha encontrado la izquierda es la guerrilla, porque cuando uno dice que es de izquierda, lo vinculan con la lucha armada. Es muy importante que la gente se saque de la cabeza que toda propuesta de izquierda tiene que ver con el uso de las armas. Lo he dicho en todos los foros. Ni la ética que yo profeso ni las convicciones filosóficas que tengo son compatibles con la lucha armada.

S: Sin embargo, algunas fuerzas de izquierda han tenido posiciones ambiguas sobre la combinación de las formas de lucha ...

CG: Sí, eso es cierto. Si hay gente en el Polo que cree que la lucha armada es la vía, se equivocaron al señalarme como candidato. Ahora: si hay personas que han tenido esa ambigüedad, podrían decidirse por la lucha armada si se les cierra la vía política. Es necesario convencer a la gente de que la política es la única opción decente y que las reformas sustanciales hay que buscarlas por esa vía. Si en el Polo siguen militando personas que fueron ambiguas sobre la combinación de formas de lucha, es porque ahora aceptan esa posición.

S: En otros temas ¿no hay diferencias entre las distintas fuerzas del Polo?

CG: Tiene que haberlas. Pero tenemos el propósito común de impedir la reelección del presidente Uribe porque su propuesta es retardataria y nos situaría nuevamente en el siglo XVIII. Nos pondría a pelear otra vez por la libertad de conciencia, por la libertad de expresión, por la libertad de locomoción. Uno pensaría que esas ya eran conquistas consolidadas y que teníamos que pasar a una etapa más avanzada, por ejemplo, a buscar la vigencia de derechos económicos, sociales y culturales. Haber entendido que ese propósito es urgente ha permitido que las diferencias por el momento estén postergadas.

S: Usted dice que Uribe llevó a la sociedad a un país virtual. ¿Cómo va a sacar a la gente de allí?

CG: Estamos en un momento de sicología social tan especial, que la gente no le cree ni a lo que sus sentidos le muestran. Si, por ejemplo, la guerrilla está apoderada de una parte del territorio, y el Ejército, apoyado por la Fuerza Aérea, trata de sacarlos, ¿no es un acto de guerra ¿Cómo puede decir el Presidente que no hay conflicto? Eso es virtual, como la reducción de la pobreza y la reducción del desempleo.

S: Según usted, Uribe es retardatario, pero ¿no hay también un sentido de retraso en la izquierda? Pareciera que no se ha puesto al día con el mundo...

CG: El anquilosamiento de la política no se reduce a un solo sector. Estoy en desacuerdo con categorías anticuadas para hacer el análisis de la realidad nacional. Concretamente, pienso que el marxismo es un instrumento analítico importante, pero que no es el único. Ninguna doctrina se puede aceptar como un dogma. El dogma es un lastre para el análisis y para lograr metas como las que estamos buscando.

S: ¿Esa no es una filosofía más liberal que de izquierda?

CG: La política nuestra está tan atrasada, que muchas causas que son típicamente liberales hay que defenderlas desde la izquierda. Pongo un ejemplo. Una causa propia de la filosofía liberal es la defensa de los derechos humanos, pero en Colombia quien la acoge es sindicado de izquierda porque los gobiernos liberales han sido tan autoritario,s que les molesta mucho que les recuerden que existen límites para el ejercicio del poder. Lo mismo pasa con la tesis de una sociedad igualitaria, que no es propiamente de extrema izquierda. Los principios nuestros podrían ser suscritos por personas de distintos partidos que leyeran sin ningún prejuicio nuestra propuesta.

S: ¿Entonces usted, igual que Uribe, pide el voto de los liberales?

CG: Se puede hablar en sentido burocrático de un liberalismo uribista y otro antiuribista, pero en un sentido político y filosófico riguroso no se puede hablar de un liberalismo uribista. En cambio, una propuesta democrática como la que nosotros estamos haciendo atrae a muchos ciudadanos que han militado casi por inercia en los partidos tradicionales.

S: Algunos opinan que ir contra el TLC es una posición arcaica, por ejemplo, los socialistas chilenos lo apoyan...

CG: La situación de Colombia es distinta a la de Chile. Las ventajas comparativas son diferentes. Las exportaciones de Chile tienen una gran demanda en el mercado de Estados Unidos. No se puede desechar un tratado de Libre Comercio, pero el que Colombia negoció con Estados Unidos no le conviene al país. El presidente Uribe le debe favores a Bush y se los están cobrando en el TLC. El propio Banco de la República afirma que ese tratado nos va a hacer más dependientes.

S: Si países competidores de Colombia, como los de Centroamérica, ya firmaron TLC, ¿por qué dejarles la ventaja de ingresar sus productos a Estados Unidos?

CG: Hay tratados celebrados con Estados Unidos por países más poderosos que Colombia, como México. Y ¿cuál ha sido la experiencia? ¿Se ha generado más empleo? No. ¿Se ha superado la pobreza? No, la brecha incluso es mayor. Es necesario admitir que las relaciones internacionales, tanto comerciales como políticas, se deben intensificar, pero mediante el multilateralismo y no con un unilateralismo que implica una completa sujeción a Estados Unidos.

S: ¿Cómo plantearía la relación con Estados Unidos?

CG: Yo no soy antiestadounidense. Debemos tener muy buenas relaciones. Pero eso es distinto a enajenar la soberanía.

S: ¿Mantendría la extradición?

CG: Es un instrumento muy útil en la lucha contra la delincuencia globalizada y contra la impunidad, pero la política de Colombia frente a la extradición no es seria. Uribe dice: a los que se manejen bien no los extradito y a los que se manejan mal, sí. Eso es insostenible. Una política seria pasa por reivindicar la justicia nacional cuando los delitos son cometidos aquí. Estamos extraditando a cualquier persona que sea solicitada por Estados Unidos a pesar de que haya delinquido en Colombia.

S: ¿Y el Plan Colombia?

CG: Tiene un ingrediente fuertemente militar que ayuda a intensificar la guerra. No me gusta la presencia de tropas extrajeras en el país.

S: ¿Lo revisaría o lo terminaría?

CG: Lo revisaría, luego sabríamos hasta qué punto, pero, sin duda, lo revisaría.

S: Y el narcotráfico, ¿es partidario de la legalización?

CG: Mientras se siga atacando con políticas eminentemente represivas, la derrota frente a él va a ser cada vez más estruendosa. Colombia está vinculada con tratados internacionales que le impiden la descriminalización de la producción del comercio de narcóticos, pero debería iniciar un debate para buscar medidas diferentes a la penales.

S: De llegar a la Presidencia, ¿cómo gobernaría con un Congreso tan uribista?

CG: Incluso para el presidente Uribe, en caso de que ganara, sería difícil la gobernabilidad porque tendría que negociar con distintas empresas electorales, que no son verdaderos partidos, sino organizaciones creadas con un fin electoral. Un triunfo nuestro permitiría un llamado a un gran acuerdo nacional sobre temas esenciales que implicaría a los sectores que están representados en el Congreso.

S: Parece muy pragmático, ¿no se supone que usted era el radical?

CG: No soy radical, si por eso se entiende sectario. Pero reconozco las diferencias: la izquierda lucha por superar la desigualdad, el centro está conforme con lo que hay, y la derecha de Uribe quiere intensificarlo. Una izquierda unida y moderna le ayuda al país a modernizar la política, a buscar una democracia de verdad y a construir una sociedad mejor.

1 de abril de 2006

El retorno de los indios

Nota de MIS-XXI:

Más que la significación política que quiere dársele a la elección del indígena Evo Morales como presidente de Bolivia, el analista internacional, Jeffrey Sachs, la ve como el retorno al gobierno de los antiguos pobladores de Latinoamérica, tras el cuasiexterminio que les infringieron los conquistadores europeos.

Asomándose a la historia del continente, Sachs proyecta sobre la elección de Evo una mirada distinta a las que se posan en él desde el ángulo político e ideológico y lo suman, con prelación, a las tendencias de izquierda que se instalan en el poder en Latinoamérica.
El análisis hay que tomarlo, de momento, con beneficio de inventario, pues, intentos antes registrados en esta aparente madurez de la democracia latinoamérica han resultado frustrados por la intervención de Estados Unidos, como en el asesinato de Allende en Chile o, también, por la demagogia de algunos gobernantes que llegan al poder con muy bonitos discursos para los pobres y mejores políticas para beneficio de los más ricos, como Menem y Toledo en Perú, pasos que lamentablemente parece estar siguiendo también Lula en Brasil.

Interesante tema.

Nota tomada de http://eltiempo.terra.com.co/, edición 01-04-06


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LA IZQUIERDA EN EL PODER

El populismo puede tener razón (Marzo 31 de 2006)

La elección de Evo Morales, un paso en la democratización de América Latina.

Por Jeffrey Sachs

Profesor de economía y director del Earth Institute en la Universidad de Columbia.

© Project Syndicate, 2006.

www.project-syndicate.org

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

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El auge de los gobiernos de izquierda en América Latina, particularmente la elección de Evo Morales como presidente de Bolivia, ¿es el presagio de un cambio hacia la izquierda dura en todo el continente? ¿Marca un repudio a la política exterior de Estados Unidos en la región? Por ejemplo, ¿llevará a una renacionalización de las vastas reservas de gas natural de Bolivia?

Se trata de preguntas vitales, pero no abordan el trasfondo más amplio del ascenso de una figura como Morales, ya que se trata del primer jefe de Estado indígena elegido en ese país. Su victoria constituye un paso hacia adelante en la democratización general de América Latina, con una significación positiva a largo plazo para el desarrollo económico y social de la región.

Para comprender por qué, es útil dar una mirada más amplia a la historia y el desarrollo económico de América Latina. Las sociedades del continente americano fueron forjadas por conquistas europeas de poblaciones indígenas, y por las divisiones raciales y étnicas subsiguientes. Tanto Estados Unidos como América Latina todavía enfrentan estas divisiones históricas.

Los europeos que conquistaron y colonizaron América después de 1492 no encontraron vastos territorios vacíos, como algunas veces proclamaron, sino tierras pobladas por comunidades asentadas allí por miles de años. Una proporción importante de las poblaciones indígenas sucumbió rápidamente a las enfermedades y adversidades traídas por los colonizadores europeos, pero muchos sobrevivieron, a menudo en cantidades importantes, en lugares como Bolivia y gran parte del altiplano de la región andina.

Casi en todos lados, estas poblaciones indígenas supervivientes se convirtieron en sirvientes de las sociedades dirigidas desde Europa. Más tarde, los europeos llevaron millones de esclavos africanos a América. Tras la emancipación en el siglo diecinueve, las comunidades

afroamericanas permanecieron sumidas en la pobreza y, en gran parte, despojadas de sus derechos políticos.

Así, en el origen de las sociedades americanas hubo grandes desigualdades de poder, posición social y bienestar económico. Desde entonces, las comunidades indígenas, afroamericanas y mestizas han estado luchando por sus derechos sociales, políticos y económicos.

La democracia en América Latina ha sido una lucha que ha costado ganar. Incluso en Estados Unidos, un país que gusta verse como un modelo de democracia, los afro americanos no tuvieron plenos derechos sino hasta mediados de los años 60. En América Latina, la democracia ha sido similarmente incompleta, inestable y a menudo inaccesible para los indígenas, los afro americanos y las poblaciones mestizas.

Más aún, dadas las vastas desigualdades de poder y riqueza en América Latina, y con una gran parte de la población sin acceso a tierras ni educación, por largo tiempo la región ha sido vulnerable a rebeliones y formas populistas de hacer política, con líderes que prometen rápidas ganancias para los desposeídos a través del despojo de las propiedades de las elites. Las elites han reaccionado, a menudo de manera brutal, para proteger su propiedad. En consecuencia, la política ha tendido a ser una lucha más violenta que electoral, y con frecuencia los derechos de propiedad han sido débiles.

Un patrón dominante tanto en Estados Unidos como en América Latina ha sido la resistencia de las comunidades dominantes blancas a contribuir al financiamiento de inversiones públicas en "capital humano" (salud y educación) de las comunidades negras e indígenas. Mientras las sociedades europeas han desarrollado Estados de bienestar social con acceso universal a la salud pública y a servicios de educación, las elites del continente americano han tendido a favorecer la provisión de salud y educación por parte del sector privado, lo que refleja, en parte, la falta de voluntad de la población blanca de contribuir financieramente a los servicios sociales de otros grupos étnicos y raciales.

La elección de Morales en Bolivia -donde se estima que los grupos indígenas componen cerca del 55 por ciento de la población y que la gente mestiza constituye otro 30- debe verse con este telón histórico. Más aún, el de Bolivia no es un caso aislado: el cambio de regímenes militares a gobiernos democráticos en América Latina a lo largo de los últimos 20 años está consolidando gradualmente y con avances y retrocesos, pero en forma constante, el fortalecimiento político más allá de las elites tradicionales y los grupos étnicos

tradicionales. Por ejemplo, Alejandro Toledo es el primer presidente indígena del Perú.

A más largo plazo, la difusión y consolidación de la democracia en América Latina promete no solo sociedades más justas, sino también económicamente más dinámicas, a través de mayores inversiones en salud, educación y capacitación laboral. La crónica falta de inversiones en educación de la región, particularmente en ciencia y tecnología, es en parte responsable de su estancamiento económico durante el último cuarto de siglo. A diferencia del este asiático y la India, la mayor parte de América Latina no dio pasos decisivos hacia la conversión a industrias de alta tecnología, y en lugar de ello sufrió un periodo de bajo crecimiento del PIB, crisis por la deuda externa e inestabilidad macroeconómica.

Ahora esto puede cambiar, al menos de manera gradual. Bolivia haría bien en seguir el ejemplo de su vecino del este, Brasil, que ha experimentado un gran aumento de sus inversiones en educación y ciencia desde su democratización en la década de los 80. Además, la mejora de los logros en educación está ayudando a promover exportaciones tecnológicamente más sofisticadas.

Por supuesto, la elección de Morales también plantea muchas dudas y preguntas importantes a corto plazo. ¿Seguirá el nuevo gobierno políticas económicas responsables, o Bolivia se verá tentada nuevamente a aplicar medidas populistas desestabilizadoras, como lo ha hecho tantas veces en el pasado? ¿Renegociará Morales las leyes y contratos acerca de las vastas reservas naturales de Bolivia, como su gobierno se ha comprometido con toda razón, de un modo que no termine alejando la tan necesaria inversión extranjera?

Bolivia ha entrado a una nueva era de movilización masiva de sus comunidades indígenas, que tanto tiempo han sufrido y ahora han alcanzado la victoria. Las perspectivas de corto plazo son inciertas. Sin embargo, en un más largo plazo, es correcto apostar a los beneficios económicos de la democratización.